martes, 3 de enero de 2012

Testimonio de un amor sin conclusión (VI)


La calle que lleva su nombre


Hace tiempo que no sé de ti. Tanto que he conseguido hallar la respuesta al problema que se nos había planteado. Las calles, a lo lejos, han propuesto soluciones inesperadas, nada que ver con mi desesperación, con mis ganas monstruosas de chillarte, con la fobia a tus palabras malsonantes. Las calles nos quieren renovar, a mí alejarme de este maldito lugar y a ti enamorarte de cada alma que se regocije en tu sentido más profundo cada madrugada.

 Ese es el destino, cegarnos con la luz que fuimos el uno para el otro, romper cada recíproco formado entre los dos, ser Góngora la razón y Quevedo la verdad. Recordar tu oscuridad en cada uno de mis pasos, perderme en esa calle que contra viento y marea acaba por destruir las arrugas de mi piel, una piel que muere por acariciarte los misterios, misterios de donde saltan chispas y avivan tus pupilas. Nos quejamos de eróticos calambres desorbitados, como la luna cuando es nueva, cuando nadie la ve, que se mira, se toca, empieza a quererse sin querer ver el mundo a sus pies.

Y con los pies en tierra caminamos en sentidos que nunca más se cruzarán, como el fauno en un laberinto, como un laberinto en mis relatos, como mis relatos que del tiempo forman calles melancolía. Y  contigo, secreto divino, voy sin rumbo hasta el final de esta travesía como el loco obsesionado en convertirte en poesía. Se me escapa de las manos,  ayúdame si eres amiga, que si del tiempo escribo calles, de tus años mis libros son ciudades.

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