jueves, 1 de diciembre de 2016

HISTORIAS DE UN SUPERHÉROE RETIRADO (II)


ME ACUESTO CON UNA CHICA PROMETIDA
Amanece nublado, casi no se ve el sol. Me levanto, me visto y observo el cuerpo desnudo de Teresa durmiendo todavía. Su habitación es pequeña, pero bonita. Tiene las típicas frases optimistas escritas en inglés decorando las paredes y está impoluta. Solo su ropa interior lanzada anoche sin miramientos afea la estampa de un dormitorio idílico. Pero no solo por la belleza de su cuarto me quedo siempre a dormir aquí, hay algo más allá de la voluminosidadde su físico que me atrae, que me enamora. Deben de ser esas paredes rosas, esa mesita de noche con un libro de Nietzsche, el incienso de la estantería. Veo mi infancia reflejada en cada rincón y ella, que conoce mis secretos, nunca pone pegas por pasar las noches juntos.
_ Veo que ya te has vestido – dice Teresa al despertar – Lo siento, pero no podrás quedarte por mucho tiempo. Mi novio vendrá esta mañana a verme. - y me besa.
_ Tranquila, solo necesitaré que me dejes dinero para el autobús.
Cambio las sábanas mientras ella se ducha. Es el mismo ritual que seguimos desde que hace seis meses coincidiéramos en una firma de discos y posteriormente ella me invitara a dos cervezas. Nunca llevo dinero encima y a ella no le importa. Sabe que soy un perdedor. Sé que es una ganadora. Y por eso sale con ese magnífico estudiante de derecho con el que se acuesta desde hace cinco años. Creo que hasta tienen planes de boda. Pero yo no la juzgo. Él siempre va vestido de traje. Yo nunca encuentro calzoncillos limpios.
_ Deberías irte ya, Martín. No me gustaría meterme en problemas.
_ Oye, Teresa, ¿tú por qué sigues con tu novio?
_ ¿Y tú, Martín? ¿Tú por qué no sigues con nadie?
Me da dos euros para el autobús y me empuja hasta la puerta. Afuera la atmósfera sigue gris, sé que lloverá en cualquier momento. Me guardo los dos euros en el bolsillo y me vuelvo andando a casa. Cuando el agua me acecha empiezo a correr. Miro hacia atrás y veo todo el tramo recorrido.
Otra vez con prisas, Martín, me digo. Como siempre.
Empiezo a ser consciente de que me paso la vida huyendo.

MI DIÁLOGO CON JESUCRISTO
Es septiembre. Carlos me llama por teléfono. Su padre ha tenido un accidente. Ha muerto, dice. El entierro será mañana. Que no hace falta que vaya de negro. Que se venga mi madre, también. Que compre litronas para luego. Y todo esto sin llorar, sin quebrar la voz, tan firme en sus palabras como siempre, y me cuelga, y nos vemos al día siguiente, aunque mi madre sí que viste de luto, y se sienta en las primeras filas de la iglesia, yo primero dos cervezas en el bar, un poema rápido escrito en una servilleta, y al entrar la gente llora y yo lloro y Jesucristo me mira, crucificado, también llorando, cabrón, me dice, esta cruz debería ser la tuya. Y ya no me dice nada más.
Oigo murmullos en la sala. Nadie atiende al párroco. Al parecer, el padre de Carlos iba borracho, se estrelló contra un árbol y los pájaros que anidaban en él, murieron calcinados.
_ Pobrecitos, eran demasiado pequeños para saber volar – las viejas murmullan.
Mi madre toma la comunión, reza, se confiesa. Me mira desafiante desde la primera fila. Me arrodillo y levanto la vista hacia Jesús en la cruz. Yo me acuesto con una chica que se va a casar, robo bolis en la oficina, odio a los animales, me gustan los borrachos, ni siquiera me importa que el padre de Carlos haya muerto, en cierto modo siento envidia, pero aquí estoy, confesando mis horrores, que no errores, y al acabar la misa las chicas abrazan a Carlos, eres un valiente, le dicen, él se encoge de hombros y vacila, bien, tranquilas, dice, y es él quien las consuela.
Mi madre se acerca y me besa. Pobre de tu amigo Carlos, dice, y de ti, los jóvenes, ¡ay!, qué perdidos estáis. Yo me quedo un rato en silencio, el cuerpo del padre de mi amigo se mantiene rígido, a mí me tiemblan las rodillas, los vivos sentimos más tristeza que los muertos, aun así es preferible seguir con vida. Mierda, pienso, las cervezas están calentándose en el coche. Salgo corriendo de la iglesia. ¡Eh!, alguien me llama, me giro, otra vez Jesucristo, se ríe, cabrón, me dice, esta cruz debería ser la tuya. Abro la puerta, la vuelvo a cerrar. El vello de punta, los ojos vidriosos. Yo ya arrastro demasiadas cruces, le contesto.

VISITA A LA PSICÓLOGA
Esta debe ser la séptima vez, tal vez la octava, que visito a la Doctora Patricia Cantos. En las sesiones anteriores hemos hablado sobre mi infancia, me ha preguntado por mis padres y amigos, por mis estudios y deseos, y lo único que me ha dicho después de tanta charla ha sido: “Está bien, Martín, nos vemos la semana que viene”.
_ Hoy quiero que cierres los ojos y pienses en el Martín de cuarenta años. Que me hables de él, de cómo sería, a qué dedicará el tiempo. Necesito que me cuentes la vida que te espera, muchacho.
_ Cada vez me quedan menos cosas. Mis amigos tienen trabajo y pelo y me envían tarjetones de bodas a las que no pienso asistir. Bueno, aún de vez en cuando escribo cuentos y los publico. Creo que me acuesto con alguna editora, ahora no lo recuerdo. Pero ya no es lo mismo, la vida es un tren con cientos de vagones y yo prefiero dejarlos pasar. La velocidad siempre me ha producido vértigo.
_ Sigue Martín. Háblame de ese tren. ¿Quién va en él? ¿Por qué no subes? ¿Qué te espera al final del trayecto?
_ En un vagón está mi madre, sola, como siempre, llorando, y luego mi padre, ahí lo veo, besándose con otras. Más atrás observo a Teresa, mírala qué guapa, ahí está, con su vestido de novia. En los vagones centrales hay chicas, reconozco a Elena, una antingua novia, ni siquiera me saluda, creo que todas me odian. Por último veo la vida en la ciudad, hay ofertas de trabajo, mis amigos me animan a subir con ellos, dinero fácil, supongo, pero yo prefiero verles pasar, sentado en el andén, hasta que el humo del tren me ciega y mira, me he quedado solo en la estación.
_ Todavía no me has contestado, Martín. De haber cogido ese tren ¿qué te esperaría al final del trayecto?
_ Lo que a todos.
Le pago a la psicóloga y me marcho. Cojo un taxi. ¿A dónde le llevo, amigo?, dice el taxista. A mi casa, le contesto. Tendrá que darme una dirección, pues. Yo le voy guiando. Y luego, ya hemos llegado. Tome el dinero y muchas gracias. ¿Seguro que es aquí su casa?, me pregunta. Se lo prometo, le digo. Y me siento en un banco y observo los trenes partir. Agito la mano en el aire y me despido de los pasajeros. Yo no les conozco, ellos a mí tampoco, pero los que devuelven el saludo siempre son los mejores.
Esta es mi casa, me digo, y desde la megafonía anuncian el último tren con destino a la vida. ¿Subirás?, alguien me pregunta. No, le digo, yo estoy bien en la estación.

LA VIOLACIÓN
Es media noche. Salgo a dar una vuelta por la calle. Me pierdo por un parque y escucho los quejidos de una joven. Me acerco y la veo medio desnuda, con las manos de dos imbéciles toqueteando su cuerpo. Uno se desabrocha la bragueta y apunta. Un grito sordo les deja en evidencia. ¡Os voy a matar!, les digo. Me abalanzo sobre uno de ellos y la joven aprovecha para escapar. En esas los chicos se levantan y vienen a por mí. Yo empiezo a correr en contradirección a la chica. Ellos me persiguen. Y así me paso el resto del tiempo, corriendo hacia ninguna parte, sin ser capaz de detener a otros animales que cometen delitos sexuales, el otoño a la espalda y los malhechores no me atrapan. Sé que jamás lo harán, que llevo demasiado tiempo huyendo, y que yo no soy como los demás, que si Teresa quiere ser feliz en su mundo de mentiras yo prefiero ser un desdichado en mi mundo de verdades, y que ojalá le hubiera dicho lo que sentía, pero es que no sentía nada, y que hasta aquí hemos llegado, que ya es hora de plantar cara a todo lo que me amarga, así que me voy a girar, que me maten si quieren, ¿desde cuándo estamos todos tan enfermos?, y eso es lo que hago, me giro, y cuidado que vienen, pero al darme la vuelta, al detenerme en seco, ya no hay nadie detrás, estoy solo en la noche, las estrellas me delatan con su luz.
Hacía rato que no me seguían. Esos gilipollas se habían escondido. Siempre lo hacen. Tan valientes que se creen, a veces. ¿De quién huías entonces, Martín? ¿Y por qué aún sientes ganas de echar a correr? Me siento en la acera y suspiro. De pequeño quería ser un superhéroe, por eso estudié medicina, para salvarle la vida a la gente. Y ahora estoy aquí, sin ser capaz de salvarme a mí mismo.
Así que no sigas corriendo, Martín. Nadie puede huir de sí mismo. 

lunes, 29 de febrero de 2016

YO NADARÉ CONTIGO EN LOS CHARCOS


Si vienes y me preguntas te contestaré que no. Que no sé lo que es el amor, ni la amistad, ni tengo constancia de qué es el término familia. Si muestro pasividad ante estos temas no me trates como un monstruo, no trates de correr, no te alejes de mí. Vendrás y me darás un beso, de eso estoy seguro, tratarás de comprenderme y me albergarás entre tu pecho. Me pondré triste, solo durante unos segundos, luego cantarás una canción que resonará en mis oídos y me quedaré dormido, como el niño que fui, como el niño que todavía soy.

_ Ahora callad, no hagáis ruido, Martín se ha quedado dormido _ ordena mi madre.

_ ¿Qué le pasa? Cada día está más raro _ dice mi padre.

_ Es un buen chico. Solo está un poco perdido.

_ Es curioso. Todos los chicos de su edad buscan una chica en la que perderse.

_ Él busca una en la que encontrarse.

_ ¿Qué fue de la última? Paula, recuerdo que se llamaba. 

_ Después de tanto tiempo acabó dejándola. Al parecer a ella no le gustaba el mar.

_ ¿Y la dejó por eso?

_ No sabía nadar, y tú ya sabes que Martín siempre se ha considerado como un pez.

_ Mira, mira cómo se le mueven los párpados. Debe de estar soñando.

Y hay una habitación de hotel que lleva mi nombre. El dormitorio está inundado. Trato de mantener el equilibrio en la barca. Pero no sé remar, lo hago fatal, no paro de dar vueltas sobre un mismo eje y empiezo a notarme un poco mareado. Una mujer abre la puerta del cuarto:

_ Hola, Martín, soy Alma y soy la chica de tus sueños.

_ ¡Corre y sube a la barca! ¡Vas a mojarte entera!

_ No importa, Martín. Yo soy la chica de tus sueños. Sé nadar.

_ Entonces ven y ayúdame a remar. ¡No sé hacerlo solo!

_ Deja de remar y salta. Nada hasta aquí. Mójate conmigo. ¿Tú también sabes nadar?

_ ¡Claro que sé nadar! ¡Soy el mejor nadador de todos los tiempos! Pero no sé si debería saltar…

_ Martín, soy la chica de tus sueños y sé que tienes miedo. No miedo al fracaso, sino miedo a la oportunidad. Ven y deja de remar en círculos.

_ ¿Me quieres, verdad?

_ No, Martín, no te quiero. Te conozco y sé que quererte es la peor manera de acercarse a ti. Tú tampoco me quieres a mí. Pero no podemos vivir el uno sin el otro. Vamos, salta, ¡nada conmigo!

_ ¡Voy a saltar! ¡Voy a saltar!

Y eso hago. Salto tan alto que al caer salpico de sangre un cuarto seco, sin agua ni mujer. Me he partido la cabeza en dos, pero eso no es lo que más me duele.

_ ¿Y por qué crees que sueñas siempre con lo mismo?

El psicoanalista me realiza siempre la misma pregunta. Ausente de respuesta, tal vez. Pero cobra por horas y callado no sirvo de mucho. 

_ ¡Es usted el especialista! ¡Debería saberlo! ¡Estoy aquí para que me ayude!

_ Está bien, chico. Túmbate y cierra los ojos. Imagínate que estás en un entierro. La gente luce bonitos vestidos negros y usa pañuelos de seda para secar sus lágrimas. Todo es tan triste. Y para colmo empieza a llover.

_ ¿Y yo dónde estoy si se puede saber?

_ ¿Tú? Martín, tú eres el muerto.

Morirse tampoco está del todo mal. Las chicas lloran desconsoladas y lamentan no haberme conocido mejor. Los chicos juegan al futbolín en el bar de enfrente. Mis padres reciben un auténtico pésame teatral.

_ Siempre fue un incomprendido. Se acercaba a mi pecho y yo le cantaba una canción. Era el único momento en el que no le sentía distante. Era el único momento en el que sentí que era mi hijo.

_ Eras una buena madre. Ambos lo éramos, pero Martín nunca entendió que le queríamos más que nadie.

_ Y vosotros no entendíais que quererle era la peor manera de acercarse a él. 

 Esta chica siempre aparece en los peores momentos.

_ ¿Y quién diablos se supone que eres tú?

_ Yo soy Alma y soy la chica de sus sueños. 

_ ¿Y por qué no lloras? Martín está muerto.

_ No puedo llorar. Solo estoy algo deprimida. No sé en qué parte de mi cuerpo se encuentra el dolor.

Se acerca Paula, la chica que dejé porque no sabía nadar. Se sienta a mi lado y me acaricia el pelo.

_ Dios mío, Martín. Qué pequeño se te ve metido en ese ataúd. Yo todavía me sigo preguntando quién eres. Nunca supe lo que pensabas, pero sé que nunca llegaste a quererme. Ni a mí ni a ninguna de esas que están llorando ahora. Por cierto, no lloran por ti, lo hacen porque se están mojando los vestidos por culpa de la lluvia. Pero, ¿a ti qué más te dará? Siempre te importó todo una mierda. No valorabas nada, ni tu propia vida. Y así has acabado.

Las gotas de lluvia siguen retumbando en los charcos. Todos tapan sus cabezas con periódicos de días anteriores y echan a correr al bar. Las chicas se juntan con los chicos. Y cada vez se juntan más. Y cada vez se juntan más.

_ Martín, nos han dejado solos. Soy yo, Alma. Venga, despierta. Sé que no estás del todo muerto.

_ ¿Cómo lo has sabido?

_ Porque soy Alma y soy la chica de tus sueños. Anda, salta de ese ataúd. No te sienta nada bien estar ahí dentro.

_ ¡Madre mía, cómo llueve! Y hay que ver lo alto que está esto. 

_ Salta, Martín. Yo nadaré contigo en los charcos. ¡Venga, chico! Yo también soy un pez. ¡Yo también soy un pez!

_ ¡Allá voy!

Y como de costumbre, el único charco que encuentro al saltar es el de la sangre de mi cabeza mojando el suelo.

_ Despierta, Martín, despierta. Creo que te has quedado dormido.

El psicoanalista me golpea la cara con la palma de su mano. Abro los ojos. Lo mejor de morirse es que al despertar cualquier rayo de luz te ilumina la vida.

_ Otra vez ese maldito sueño.

_ Está claro que la muerte no te preocupa, chico. Bien, entonces probaremos con otra cosa.

_ Adelante, señor, estoy preparado.

Se oyen pájaros de tormenta que retumban en la sala.

_ Verás, Martín. Te seré franco. Se trata de tu madre. Ha muerto.

_ ¿Será broma, verdad?

_ Lo siento, chico. Te has quedado huérfano.

Si vienes y me preguntas te contestaré que no. Que no sé lo que es el amor, ni la amistad, ni tengo constancia de qué es el término familia. Si te sigue interesando te diré que vendí mi alma al diablo por un par de relatos, que nunca lloré porque soy incapaz de hacerlo, que no sé en qué parte de mi cuerpo escondo el dolor. Me acercaré y te daré un beso, me engancharé a tus brazos y seré yo quien meza tu cabeza sobre mi pecho. Tus ojos serán presos del sueño eterno y la marcha fúnebre será tu canción de despedida. Seré tan insignificante como una mota de polvo y me agarraré fuerte a ti, como el hijo que soy, como el hijo que siempre fui.

_ Es una pena lo de tu madre, chico.

_ ¿Cómo lo haces para aparecer siempre en mis peores momentos?

_ Yo no aparezco. Eres tú el que me llama. Recuerda, soy la chica de tus sueños.

_ Dime, Alma, ¿por qué los peces no podemos llorar?

_ Sí que podemos, pero nadie puede encontrar una lágrima en el mar. 

_ Te mentí, Alma. Nunca he sabido nadar.

_ Lo sé, chico. Lo sé desde el primer día. Pero no te preocupes, tranquilo. Por cierto, me apetece darme un baño, ¿a ti no? Hay un precioso riachuelo aquí al lado.

_ ¿Me prometes que esta vez, al saltar, seguirá existiendo el río y no despertaré?

_ ¡Depende de tus miedos, chico! Trata de creer en tu oportunidad. ¿A qué le temes? Salta Martín, salta. ¡El futuro está escondido entre las olas!

Y eso hago. Salto tan alto que el mundo se me queda pequeño. 

_ ¿Qué voy a hacer ahora sin mi madre, Alma?

_ Aprender a nadar, chico. ¡Venga, ya te queda poco para llegar!

_ ¿Me prometes que esta vez no desaparecerás?

_ ¡Siempre estaré cerca de ti! ¡Te lo prometo!

Y al caer salpico de agua la vida que amargamente me rodea.  Intento nadar como buenamente puedo. No sigo un rumbo fijo y entre el relajante oleaje se oye  una melodía que me resulta familiar. Es mi madre tarareando una canción, aquella con la que de pequeño me quedaba dormido. ¡Es tan gratificante!  Sigo nadando, ya sé hacerlo, ya no hay quien me pare. Ni siquiera me doy cuenta de que Alma ya no me acompaña. Y, mira,  los árboles cada vez son más verdes, la gente no duerme en las calles, la muerte no alcanza a nadie, los parques están llenos de niños, el sol se pone más tarde. 

_ Ya está, chico. Te enfrentaste a tus miedos y los venciste _dice despertándome el psicoanalista.

_ Gracias por todo. Pero todavía queda que me enfrente al mayor de mis miedos.

_ ¿Y cuál es ese gran temor, Martín?

_ Es algo que debo solucionar yo solo.

Salgo corriendo lo más rápido posible hacia la calle. Las aceras mojadas son testigo de mi prisa. La lluvia sigue invadiendo la ciudad, pero no hay tiempo para preocuparse por el agua. 

Llamo al timbre de Paula nada más llegar a su casa.

_ Martín, ¿qué estás haciendo aquí?

_ Lo siento, Paula. Me equivoqué. No importa que no sepas nadar, es más, hasta hace nada yo tampoco sabía. No es  difícil, te lo aseguro. Yo te puedo enseñar. Nadaremos juntos en los charcos, en los ríos, en los lagos. Y si no aprendes, ¿qué más da? Lo único que quiero es que estés a mi lado. 

_  ¿Desaparecieron entonces tus miedos?

_ Desaparecieron entonces mis miedos. Paula, te quiero.

_ Yo nunca he dejado de quererte.

Nos besamos y ya parece que está amainando el temporal.   Pienso que los miedos son como los charcos y que juntos nos enfrentaremos a ellos. Abrazo a Paula tan fuerte que pierdo la noción del tiempo y me siento como un niño. En el ambiente otra vez la melodía que mi madre me tarareaba de pequeño. Cierro los ojos y me dejo acariciar el pelo. Me voy quedando dormido con la voz de Paula que aún resuena en mis oídos: "Nadaremos juntos en los charcos, Martín, nadaremos juntos en los charcos".


martes, 9 de febrero de 2016

DIARIOS DE JUVENTUD




Al principio todo es de colores.

Papá me cambia los pañales mientras mamá prepara papas fritas.

Afuera llueve, pero la profe me explica que el agua cura los prejuicios de la gente y yo quiero que llueva.

En casa hay dinero y nos vamos de viaje.

El avión nunca se cae si piensas que tú también eres un pájaro.

A las atracciones de Disney no puedo subir si no rebaso el límite.

Papá dice que se meten conmigo porque quisieran ser como yo.

Yo no entiendo que alguien quisiera ser tan raro.

En clase los chicos ya besan a las chicas y las chicas ya se enamoran de los chicos.

Descubro que hay placer en el contacto de mi mano con mis piernas.

Mamá llora a escondidas y papá la acaricia y le da besos.

Yo saco buenas notas aunque me meto mucho en líos.

Corro a decírselo a papá que ahora vive con los médicos.

Luego me canso de correr y me compran una moto.

Un chico me da una paliza y me dice que la poesía es de maricas.

Me miro al espejo y me pregunto si me gustarán los chicos.

Aprendo a besar con lengua y no a hacer círculos con ella.

En el instituto hago el amor por primera y última vez.

Luego solo hago que follar.

La gente que antes se metía conmigo ahora me pide el número.

Papá ya ni siquiera vive con los médicos y dicen que ahora soy el hombre de la casa.

Yo no quiero serlo, a mí la palabra hombre me da asco.

Me gradúo, me enamoro, estudio una carrera y me da igual si llueve o no.

Los colores gris y blanco invaden los recovecos de mi cuerpo.

Dejo de ser diferente y echo de menos cuando los chicos me insultaban en el cole.

Me canso de la moto y me compro unas zapatillas de correr.

Correr también es de maricas. Yo les digo que les den.

Fracaso en mi búsqueda de alguien a quien acariciar y también dar besos.

Me canso de la rutina de las noches de vómitos y sexo.

Debe de ser tan bonito vivir en la órbita del amor correspondido.

No hay zapatillas de correr que lleguen a ese espacio.

Tendré que buscarme un trabajo y dejar de crear historias.

Pero mientras tanto, yo sigo escribiendo.

Y la vida es una mierda.


Pero voy tirando.

lunes, 4 de enero de 2016

ROSITA Y EL VUELO DE LAS GAVIOTAS ESPECIALES





Cuando acaba el verano las playas se vacían por completo. Las primeras tormentas de septiembre se dejan entrever y el mar empieza a revolverse con maldad. Ya ni siquiera hay pescadores en el puerto, ni coches en las calles, ni ambiente por las noches. Quedan apenas las familias que dan vida al pueblo durante el invierno, los viejos dando tumbos de bar en bar mientras observan volar a las gaviotas y los pocos niños que hay juegan y corren detrás de un balón. Todos menos Martín, que no le gusta el fútbol y ha vuelto a sentarse como cada tarde junto a las rocas a pintar en su cuaderno el paisaje que le asola.

_ ¿Así que otra vez por aquí, eh, chico?

Es Alfredo. El que fuera el mejor amigo del abuelo de Martín baja las escaleras del bar, cruza la pasarela y se sienta en las rocas junto al joven. Como es costumbre, lleva consigo una copa de coñac y fuma un buen puro cubano. Observa desde su posición el rápido curso de las nubes y antes de tomar la palabra vuelve a dar una calada.

_ Será mejor que hoy no te demores mucho dibujando, chico. Ten por seguro que en un par de horas caerá una buena.

_ Oye Alfredo, ¿por qué las gaviotas siempre vuelan en círculos?

_ No siempre, hijo. Las gaviotas no son tan distintas a nosotros como piensas. Es normal que giren alrededor de algo que acechan, quién sabe si se trata de un banco de peces o un barco pesquero. No se trata de volar, Martín, ellas tienden a planear y dejarse llevar. Si te fijas ahora solo intentan escapar, son conscientes de que se aproxima una tormenta. ¿Quién sería tan estúpido de correr en círculos sabiendo que se va a mojar?

_ ¿Quién sería tan estúpido para no querer mojarse?

Martín piensa y no piensa en Rosita. Eso significa que piensa en ella aunque lo niegue. A septiembre le pasa lo mismo que a él. Septiembre piensa que ya no es verano aunque lo siga siendo, y por eso yace triste y nublado. Por otra parte es el mes del cumpleaños de Rosita y consecuentemente es inevitable acordarse de ella.

_ ¿Ya has pensado el regalo que le harás este año, chico? _ pregunta Alfredo dejando a un lado su copa.

_ No sé si debería. ¿Sabes? Rosita se enamoró este verano de un chico de Madrid. Y debieron de dormir juntos en más de una ocasión porque yo había noches en las que no podía pegar ojo. Es por esa razón, estoy seguro. Ahora Rosita pasa las tardes enganchada a sus recuerdos.

Aunque la diferencia de edad entre Alfredo y Martín es muy significativa, el chico encuentra en el viejo al único amigo que necesita. Este ve en el joven un espejo de su propia infancia, incluso Rosita sería su amada Manuela, de la que enviudó hace 15 años, casualmente la edad que tiene Martín ahora mismo.

_ Pero no sé, todavía faltan diez días para que ella cumpla los 16. He pensado el regalo y no he pensado el regalo.

Llueve. Llueve tanto que Martín recoge su lienzo y los pinceles lo más rápido posible y se cobija en el porche del bar junto al viejo Alfredo. Su padre debe de ser alguno de los hombres que se ven en los pesqueros allá a lo lejos. Pero al chico no le gusta el trabajo en el mar, solo le gusta contemplarlo y plasmarlo sobre su cuaderno.

_Vamos, chico -dice Alfredo. – Tengo la furgoneta al principio de las rocas. Venga, te llevaré a casa.

Martín conoce a Rosita prácticamente desde que tiene memoria. Él piensa que ya nació queriéndola, pero Alfredo siempre le recuerda que todavía es demasiado pequeño para conocer el amor.

_ Chico, a ti lo que te pasa es que vives en un estado de enamoramiento permanente.

Aunque el joven no entienda muy bien esa explicación, la da por válida y se pregunta si Rosita también vivirá en ese estado. Quizás ella sea tan tímida como él y lleve años ocultando que se muere por besarle. Será eso, la timidez. Y con ese pensamiento el joven muchacho se va quedando dormido poco a poco hasta que la luz del alba le da la bienvenida al nuevo día.


Otra vez Martín ha vuelto a pasar la tarde dibujando junto a las rocas. En esta ocasión sí que divisa a Rosita a lo lejos jugando a la pelota con sus compañeros. Martín se alegra y no se alegra por verla. Está contento porque la chica a la que ama ya no se encierra en su cuarto a llorar por el chico madrileño, pero se siente triste al verla tan distante a él.

_ Deja de mirar al otro lado de la pasarela y céntrate en tus pinturas, muchacho.

Cazado. Martín estaba tan absorto mirando a Rosita correr detrás de la pelota que no se ha dado cuenta de que Alfredo venía a saludarle por la pasarela contigua. De nuevo el viejo porta consigo una copa de coñac y uno de sus puros kilométricos. Da un trago a su bebida, tose y dice con la voz tomada:

_ Chico, tendrías que ir con ellos y darle patadas tú también a ese maldito balón.

_ No me gusta el fútbol. ¿Qué gracia tiene pegarle patadas a un balón hasta que alguien mete gol o se cae de cabeza contra la arena?

_ Tienes que aprender, hijo, que la diversión no está en lo que hagas, sino en con quién lo hagas. Y allí está, no le quitas el ojo de encima. Además, no te preocupes, a ella no parece que se le de muy bien, no para de dar vueltas en busca del balón.

Al final Martín atiende a razones y se acerca a los otros jóvenes que ya le reciben con los brazos abiertos. El chico intenta pegarle patadas a la pelota pero cada vez que esta se le aproxima cierra los ojos como acto reflejo. Si hay alguien más torpe que él esa es Rosita, que entre sus cortas piernas y su ataque de risa no atina a golpear casi nunca. A Martín le agrada tanto verla sonreír que la mira estupefacto y no reacciona cuando una pelota despejada va a pararle a la cabeza. El chico se desvanece sobre la arena y todos se acercan a él para preocuparse por su estado.

_ Oye, ¿te has hecho daño? ¿Estás bien? - le pregunta Rosita.

Martín está bien y no está bien. Está bien porque ha sido Rosita quien le ha preguntado y no está bien porque le duele mucho la cabeza. Cuando se levanta, es justamente ella quien se le ofrece para acompañarle a beber algo de agua, así que los dos caminan acompasados y se sientan junto a la fuente de la arena.

_ Por cierto, Martín. Ya sabes que el próximo viernes es mi cumpleaños. Hago una fiesta en casa con todos los chicos. Cuento contigo, ¿verdad?

_ Sí... verás... No sé si este año podré ir. Supongo que mi padre querrá que le ayude con el barco. No está siendo un buen año, ¿sabes?

_ Venga, Martín, tu padre sabe de sobra que odias navegar. ¡Te espero el viernes a las diez sin falta!

Y ambos vuelven corriendo con los otros chicos y siguen jugando hasta que el sol se esconde totalmente detrás de las montañas.

Martín pasa los próximos diez días pensando en el regalo que le hará a Rosita. Consulta con Alfredo y los dos están de acuerdo en que tiene que tratarse de algo muy especial. El viejo se sienta junto al chico en la terraza del bar del pueblo y le invita a merendar. Él continúa fiel a su coñac y a su buena amiga la nicotina. Hace años que el médico le prohibió fumar pero Alfredo no tiene ningún reparo en continuar haciéndolo. Su única preocupación es que el humo de su puro salga disparado lo suficiente lejos de los pulmones del chico.

Alrededor de la extraña pareja vuelan inquietas decenas de gaviotas sin rumbo fijo. Martín observa revolotear sus alas de un modo tan peculiar que no duda en preguntarle a Alfredo sobre el significado de esos movimientos:

_ Solo se están divirtiendo, amigo mío. El continuo graznido de una gaviota no es más que un síntoma de la libertad que sienten. Ahora mismo parece que estén pasando un buen rato, ¿no crees, chico?

_ Vaya, nunca me había dado cuenta. Y, dime, Afredo, ¿tú crees que alguna de ellas vivirá en estado de enamoramiento?

El viejo se ríe tanto con la pregunta del crío que empieza a toser sin parar. Luego da un trago a su copa y contesta:

_ Quién sabe, hijo. Es posible. Por ejemplo, ¿ves aquellas dos? - dice señalando un par de gaviotas. _ Esas quizás vivan en ese estado. Fíjate, parece que se han separado de las demás para volar juntas. Un día te lo dije, muchacho, las gaviotas no son tan diferentes a nosotros.

Esa misma noche, Martín se duerme y no se duerme con facilidad. Concilia el sueño enseguida porque ya ha pensado qué regalarle a Rosita y se mantiene insomne de la emoción de su regalo.

Pasadas unas horas de la fiesta de cumpleaños de Rosita, Martín la coge de la mano y la guía hasta el garaje. Una vez allí, saca una bolsa del maletero de la madre de ella y le entrega una bolsa con un regalo dentro.

_ ¿Y esto? - pregunta la chica sorprendida.

_ Felices dieciséis, Rosita.

_ Pero Martín, no tenías que haberte molestado. A ver, ¿qué será?

La chica desenvuelve el regalo con impaciencia y se encuentra con un cuadro dibujado a mano.

_ Dios mío, Martín. ¡Es precioso!

Durante los últimos diez días de septiembre, Martín ha estado en las rocas observando, como cada tarde, el paisaje que le asola. En el cuadro aparece una bandada de gaviotas que revolotea sus alas impacientemente intentando huir de la lluvia que moja la playa desierta que se ve a lo lejos. Parece como si las aves volaran buscando salirse del cuadro. Todas menos dos, que situadas en el centro, no paran de moverse en círculos disfrutando de la compañía y completamente ajenas a la tormenta.

_ ¿Por qué estas dos de aquí no vuelan junto a la demás? - pregunta Rosita.

_ Porque a esas les da igual mojarse. Ellas son especiales. Solo tratan de pasarlo lo mejor posible.

_ Hacen bien. ¿Quién sería tan estúpido para no querer mojarse?

Rosita sonríe y le da un beso en la mejilla.

_ Gracias por el cuadro, Martín. Es el regalo más bonito que me han hecho jamás.- Y la alegría del joven muchacho aflora hasta en sus mejillas, que se enrojecen.

La tarde pasa entre canciones del verano y películas de risa. Todos los chicos bailan y ríen y por fin Martín se siente completamente bien y no duda ni por un momento de que su estado de enamoramiento es lo más maravilloso del universo.

Al acabar la fiesta, los padres de los jóvenes los recogen y marchan todos de regreso a sus casas. Martín se sube a la vieja y descuidada furgoneta de su padre y lo observa serio y cansado. Ni siquiera le pregunta qué tal se lo ha pasado, y el pobre muchacho se siente fuera de lugar. Es entonces cuando se da cuenta de que su padre ha tomado el desvío equivocado hacia su casa y que se dirigen a las afueras de la pequeña ciudad.

_ Papá _ pregunta el chaval preocupado. -¿A dónde estamos yendo?

_ Al tanatorio, Martín. Verás...

_ ¿Qué? ¿Qué ha pasado, papá?

_ Lo siento, cariño, Alfredo nos ha dejado esta misma tarde.


Septiembre llega hasta la orilla y se deja morir sobre granos de arena. La última tarde del mes es la de un domingo frío cerca de las rocas. Martín y Rosita se sientan en las dunas y, sin apenas hablar, juegan a pasarse una pelota. Llevan ya horas sin moverse. A lo lejos se divisan los pesqueros más valientes que han salido a navegar. Las gaviotas vuelan descontroladas y buscan cobijarse en cualquier sitio. Todo apunta a que esta tarde lloverá. Hasta el bar del puerto ha bajado su persiana porque hoy nadie andaba para mucha fiesta.

_ Va a llover – dice Rosita.

_ Ojalá. - contesta Martín.


Mientras tanto una ligera brisa marina amenaza con desolar este paisaje plagado de gaviotas.




MARIO MIRET