lunes, 19 de octubre de 2015

A KAFKA NO LE DEJÉ ENTRAR EN MI CULO




Me llamó Cortés aquella misma tarde.

_ Eh, Martín, eh. Mira, haremos una revista, ¿está bien? Nos reunimos, hablamos de nuestras cosas y  empezaremos a escribir. Y no acepto un “no” por respuesta.

_ ¿Entonces qué es lo que aceptas?

_ Acepto una cerveza a las siete en la plaza. ¡Vamos a ser ricos, Martín, ricos!

Yo andaba desnudo por la casa. Eran las seis y media y el sol se reflejaba en el espejo. Miré a mi alrededor. Decenas de relatos invadían mi cuarto. El aliento me sabía a sangre. Entonces me vestí, cogí alguno de los escritos y acudí al lugar donde Cortés me había citado. Al llegar, él ya bebía orujo.

_ ¡Martín, amigo! ¡Qué alegría verte! Estás hecho un pincel, muchacho. Ven, siéntate, estoy esperando al editor. Nos garantiza que la revista será todo un éxito.

Me senté. Pedí una cerveza con tequila y contemplé el deplorable estado en el que se encontraba mi amigo. Él también portaba consigo unos cuantos poemas que había escrito. Yo le presté los míos. Los leyó encantado. Luego levantó la mirada y me echó un vistazo.

_ ¡Jodido Martín! ¡Tus relatos son la leche! Incluiremos este en la primera edición –dijo señalando mi “Mujeres en la Madriguera”- Sí, sí, y luego este en la segunda. ¡Cristo, qué bueno eres!

En eso entró por la puerta del bar un hombre rudo que Cortés al momento distinguió como el editor. Ambos se unieron en un cálido abrazo y luego me lo presentó. Su nombre era Rayo y su cuerpo era dos veces el mío y, por tanto, cuatro veces el de Cortés.

_ ¿Así que tú eres el famoso Martín, no es así? 

_ Soy Martín, a secas, sin el “famoso” delante. Encantado.

_ ¡Oh, sí! Cortés, es tal y cómo me lo describiste. Alto, atractivo, y bastante modesto por lo que parece. Muchachos, esta revista va a ser todo un éxito. ¡Uffa, uffa!

Para esas alturas de la conversación, yo todavía no tenía ni idea de qué iba a tratar la revista. Y por lo que pude llegar a saber luego, ellos tampoco.

Cuando Rayo se sentó, empezó a mascar tabaco de liar e invitó a una ronda de orujos de hierba.

_ Kafka, amigos. Kafka es nuestro hombre. Pero, ¿qué digo hombre? ¡Dios! Kafka es nuestro Dios y vamos a tener que venerarlo, ¿estamos? Vuestros escritos no están nada mal, muchachos, pero vuestro Dios podría limpiarse el culo con los relatos que escribís. ¿Entendéis lo que quiero decir?

Cortés y yo nos miramos atónitos y pensamos que ese no era el primer orujo que se había tomado Rayo en aquella tarde.

_ Mirad, esta revista va a ser vuestra salvación. Vais a poder vivir de esa basura que escribís. ¡Vuestra maldita basura se reciclará en dinero!

Tras una breve pausa, me dirigí al baño y vomité. Luego volví y vi cómo el editor cogía a Cortés por el cuello y comenzaba a besarlo.

_ Sí, sí, ese muchacho que me has traído da el perfil que estamos buscando. Él y tú. Tú y él. ¡Celebremos esta felicidad que me invade con otro orujo! ¡Uffa, uffa!

Entonces vino la camarera y apoyó nuestros vasos sobre la mesa. Rayo la violó con la mirada y luego dijo de brindar por ese nuevo proyecto que empezaba a coger forma aquella misma tarde. También brindó por nuestro nuevo Dios.

_ ¡Y BRINDEMOS POR KAFKA, POR ESTE MUNDO SURREALISTA QUE NOS ACOGE A NOSOTROS, SÚBDITOS DE NUESTRO MISERICORDIOSO PADRE! ¡BIRNDEMOS POR EL AMOR KAFKIANO QUE NOS UNE EN ESTE BAR, DONDE ÉL Y SOLO ÉL ESTÁ EN TODAS PARTES!

Yo no vi a Kafka por ninguna parte pero igual brindé por él. Cortés tiraba hacia atrás el largo pelo que le cubría la cara y suspiraba. Rayo pegaba puñetazos a la mesa y se jactaba de nosotros comparándonos con Kafka.

_ Y dime, Martín, ¿tienes presa?

_ No, no tengo novia Señor Rayo.

_ Yo tampoco tengo –dijo Cortés.

_ ¡Por el amor de Kafka! ¡A ti ni siquiera te he preguntado! Está bien, muchachos, a finales de septiembre estaremos por las calles. No hagáis asco a las presas, pero tampoco las retengáis. Recordad que sois solitarios y que nunca debéis ser retenidos.

Otro orujo invadió la mesa. La misma camarera que minutos antes había sido violada por la mirada de Rayo captó de nuevo la atención del editor y este, tras dar un intenso sorbo a su bebida, se levantó y la agarró metiéndole mano en el culo.

_ ¡Que la envidia os corroa, pequeños secuaces! Aquí dentro está el gran Kafka, puedo notarlo con mis manos y saborearlo con mi lengua. ¡Uffa! ¡Uffa! –y empezó a lamer el cuello de la camarera, que acto seguido se giró y en vez de estamparle la cara contra la pared como bien esperábamos Cortés y yo, le sonrió y besó la mejilla sudada del editor.

_ El amor kafkiano, amigo Martín, el amor Kafkiano –me dijo Cortés al ver mi incredulidad por lo sucedido.

Mi amigo y yo salimos del bar tropezando con el aire y fuimos a parar a un banco de la plaza. Rayo salió detrás de nosotros subiéndose la bragueta del pantalón y se detuvo delante de donde estábamos:

_ ¡Deteneos, montón de basura andante! No podéis iros así. Todavía tenéis que firmar los contratos que os llevarán a la fama. 

Entonces Rayo sacó de su bolsillo varios papeles arrugados y, sin tiempo para leerlos, firmamos sin más y nos fundimos en un resignado abrazo que acabó con los labios del editor en las mejillas de ambos.

_ ¡Y como no nos cabe más orujo en el cuerpo, cerraremos este negocio comiendo y bebiendo de las presas! ¡Uffa! ¡Uffa!

Al momento salió del bar la camarera de antes con otras dos chicas que la acompañaban. El editor dijo que todos deberíamos ir a mi casa y yo cedí porque Rayo era un buen jefe y él llevaba a las mujeres. Una vez en mi piso, serví cerveza para los seis y la más guapa de las chicas se sentó a mi lado. Cuando el asunto se puso duro, ella y yo nos excusamos y en mi cuarto bailamos un buen swing.

_ Por cierto, ¿cómo te llamas, bonita? –le pregunté luego.

_ Me llamo Paula, guapo, y me gustaría que escribieras sobre mí.

No me sorprendió. Todas las chicas quieren que alguien escriba sobre ellas.

Besé a Paula en la frente y fui directo al baño. En las dos habitaciones restantes se hallaban Cortés y Rayo siendo presos de sus presas. Yo me senté en el váter y tras un pequeño esfuerzo sentí cómo salía la kafka por mi culo. Me limpié y  pude contemplar el mundo kafkiano desapareciendo por el retrete. Después de toda una tarde las cosas estaban en su sitio. Íbamos a hacer una revista y yo era el hombre que se necesitaba. Tiré de la cadena. Ya no había quien me hiciera sombra. Volví a la habitación y Paula tuvo ganas de más swing. Esa chica era lo mejor. Escribiría sobre ella tantas veces como quisiera.

Luego amaneció. El sol, como siempre, volvió a posarse sobre el espejo. Me miré por encima del hombro y sonreí. A partir de ese momento y con Kafka fuera de mi alcance, empecé a notar que yo era realmente el verdadero Dios. 

domingo, 11 de octubre de 2015

HISTORIAS DE UN SUPERHÉROE RETIRADO (I)

 PRIMERA PARTE


AÑO NUEVO I
    Al despertar no recuerdo quién soy, ni de dónde vengo, ni a dónde voy. Y no solo es por la resaca que ahora me atormenta, es algo con lo que llevo conviviendo prácticamente desde mi infancia. Levantarme y no saber nada de mí, ser un perfecto desconocido al que solo doy de comer y beber. Y al parecer ayer le di de beber bastante, el aliento me sabe a sangre y al otro lado de la cama la teta izquierda de la chica que yace desnuda me da los buenos días. Desde la habitación oigo a mi madre cortar verdura en la cocina.
    _ Eh, oye -le digo a la chica. – Tienes que desaparecer de aquí.
    Y mientras recojo la ropa del suelo pienso en cómo conseguir que esta chica se vaya de mi casa sin que mi madre se dé cuenta de la situación. Entonces abro la ventana y dejo caer unos vaqueros al patio de luces de la finca. Voy y le digo a mi madre que me los recoja, que yo no puedo porque por una extraña razón tengo la rodilla como una bola de billar y me cuesta caminar. Tan buena como ha sido siempre mi madre, me hace el favor y yo aprovecho para que Cristina, que es así como se llama mi ligue de anoche, vuele de mi habitación tan rápido como pueda.
    _ Espera, joder, ni siquiera he acabado de vestirme.
    _ Va, no hay tiempo que perder, tienes que irte ya.
    _ ¿Cómo estás de tu rodilla? -me pregunta Cristina una vez vestida.
    _ ¿Cómo sabes que me duele? -pregunto sorprendido.
    _ No dejaste de quejarte en toda la noche, Martín. Te caíste por las escaleras de un pub.
    Le doy dos besos cuando abro la puerta para despedirla. A ella le da por besarme en los labios. Me dice que la llame cuando pueda, que le gustaría conocerme mejor. Lo imaginaba, todas quieren conocerme mejor, pero se arrepienten cuando lo hacen. Le sonrío a Cristina mientras espera el ascensor.
    _ Sí, te llamaré -le digo.
    Al cerrar la puerta de casa me prometo que nunca más volveré a verla.

EMPIEZO A SALIR CON UNA ALUMNA
    Mientras el mundo agoniza ahí fuera yo sigo dando mis clases de tenis, escribiendo por las noches, masturbándome para intentar dormir. Compito en un torneo de tenis autonómico y me eliminan en primera ronda. Al acabar el partido me largo directamente a casa y parto las raquetas en dos. Me ducho y acto seguido me arrepiento de lo que he hecho. Aparte de un perdedor soy un idiota.
    Lo único que me reconforta es que me he enamorado de Elena, una de las chicas a las que doy clase. Tiene cuatro años menos que yo y juega rematadamente mal, solo sabe darle de revés. Por eso me gusta, porque olvida todo lo que le enseño para jugar como le da la gana. Me recuerda mucho a mí, todo lo hace del revés, todo lo hace según le viene en gana.
    Cierta noche coincido con ella en un bar de Xúquer y nos alegramos mutuamente de encontrarnos. Como profesor de ella me veo en la obligación de invitarle a una copa y varios minutos después ya estoy diciéndole que si no fuera alumna mía ya la habría invitado a salir.
    _ Principalmente porque soy alumna tuya deberías hacerlo – me sugiere entre risas.
    Jugamos al futbolín y ganamos juntos la partida. Luego me dice de ir a su casa para acabar la noche más tranquilos y no tardo ni dos segundos en aceptar. Por el camino hablamos de las clases de tenis y cumplido tras cumplido acabamos besándonos en su portal.
    Me invita a subir.
    Le invito a follar.
  Ese mismo día por la tarde la veo en clases y no evitamos sonreírnos en la pista. Llevar esta aventura en secreto nos sienta de maravilla. Cierta mañana vuelvo a despertar en su casa, esto es lo más parecido a una novia que he llegado a tener. Saco la conclusión más inteligente a la que he llegado nunca: es más importante ganar al futbolín que ser el campeón de un torneo autonómico.

LA DROGA
    El fallecimiento de mi abuela me afecta significativamente, y aunque Elena se esfuerce en querer animarme yo a quien llamo para alegrarme el alma es a Carla, una artista de la pintura que conocí el año pasado en un recital de La tinta vino. A ella le cuento sobre mi abuela. Joder, le digo, no hay derecho. Pero con Carla solo hago que hablar y aunque me muera por perderme entre su cuerpo, decido que no tendría sentido traicionar a Elena solo porque todavía no haya podido retenerme como un alma en sus brazos.
   Por eso he empezado a consumir cocaína. Conozco a un tío un sábado noche y me habla de la muerte. Me cuenta que ya ha enterrado a dos abuelos, una hermana y un padre. Saca de la cartera una bolsa blanca más pequeña que un meñique y coloca delicadamente el polvo que sale de ella en la repisa de un escalón. Con el carné de biblioteca forma dos rayas de nieve separadas solo por la suciedad del suelo.
    _ En fin, – me dice – esto es lo único que nos queda.. ¿Verdad?
    Enrolla a presión un billete de cinco euros y colocando una punta del papel dinero sobre el polvo y en la otra su nariz, aspira con violencia hasta que la nieve desaparece de su origen y traspasa las hendiduras para colarse por completo en su cerebro.
    _ Te toca – me dice.
  Miro a Cristian. Me da su aprobación asintiendo con la cabeza. Coloco de nuevo el billete en posición y mientras el infierno se amontona en mi nariz noto que me desvanezco en un invierno que se envenena con mis miedos. Practico el mismo ritual todos los fines de semana y acabo por perder el control de todo lo que me importa. Escribo mucho, escribo casi tanto como me drogo y empiezo a ver a Elena tan poco que lo único que nos une son todos esos benditos polvos que pegamos. A Carla la sigo llamando cada vez que el mundo se derrumba.
    La cocaína es un buen polvo, pero los he vivido mejores.

VISITA A LA PSICÓLOGA
    Decido visitar a un especialista para no perder la poca cordura que todavía me queda. Entro en un pequeño despacho y una psicóloga se me presenta como la Doctora Patricia Cantos. Es inexplicablemente guapa, de piernas largas y piel muy morena, y al instante siento unas ganas terribles de tirármela.
    _ Está bien, Martín, ahora tienes siete años y no puedes dormir. Estás inquieto. Algo te quema por dentro. Cierra los ojos y dime, dime cuáles son tus miedos.
    _ Soy un chico raro. Los demás juegan al fútbol en el patio y yo me escondo para hablar con las chicas de mi clase. Llevo gafas y no levanto ni dos palmos del suelo. A veces, mientras tanto, escribo historias donde yo soy un superhéroe y voy dotando de poderes a todos los chicos del mundo que son igual de raros que yo.
   _ Sigue Martín, no pares ahora, sigue contándome la vida de ese superhéroe.
   _ A la salida del colegio me he ido directo a casa. Al entrar he ido directo al baño porque me estaba haciendo mucho pipí y he visto a mi padre duchándose con una señora que no era mi madre. La mujer se ha asustado tanto de verme que al taparse ha resbalado y se ha caído al suelo. A mí me ha entrado el pánico y me he puesto a llorar. Sin querer, me he meado encima.
   _ Despierta, Martín, vuelves a tener los veintitrés que tienes ahora. Pero si te miras al espejo solo ves aquel niño de siete años. ¡Dime, Martín, dime si te reconoces en tu reflejo, si aún queda algo de aquel superhéroe que no levantaba dos palmos del suelo!
   Cojo mis trastos y me voy. Estoy tirando el tiempo y el dinero. Aparco cerca de mi casa, entro al portal, subo por el ascensor y me miro al espejo. Al otro lado un niñato se encoge de hombros mientras me sonríe. Soy yo con siete años. Luego abro la puerta de mi casa y encuentro una nota en la nevera: HE SALIDO A DAR UNA VUELTA. TIENES LA CENA EN EL HORNO. BESOS. MAMÁ.
    Salgo al balcón y me siento a contemplar el mar. Sin saber por qué, tengo unas ganas irremediables de que alguien me diga que me quiere.

VIAJE A MADRID
   Cojo un ave destino a la capital cierto viernes de finales de mayo. A mi llegada no entiendo muy bien qué hago ahí. Cosas de mi loquera, que dice que viajar me va a sentar muy bien. Inmediatamente recuerdo que no hace mucho yo me acostaba con una pija madrileña. La llamo y le digo de quedar. Se sorprende de encontrarme y pasamos la noche emborrachándonos. Nos ponemos al día y acabamos haciéndolo en un garaje del centro. Luego me dice que me vaya, que va a venir su novio a recogerla.
    _¿Tu novio? Joder, ¿y yo qué hago? ¡Ni siquiera sé dónde estoy y ya no sale ningún metro!
Entonces el bueno de su chico nos recoge a los dos y se dispone a dejarme en el hotel. Acabo de tirarme a su novia y ni siquiera quiere que le pague la gasolina. La culpa empieza a atormentarme.
En esas, el novio, cansado del bochornoso silencio, me pregunta inocente:
    _ Y tú, Martín, ¿tienes novia?
   ¡Hostia, Elena! Regreso a Valencia dos días más tarde y me dice de quedar, al parecer tiene que hablar muy seriamente conmigo.
  _ No sé quién eres, ni de dónde vienes, ni a dónde vas. Me gustabas hasta que fui capaz de conocerte. Eres un desastre como persona, un tipo que solo piensa en sí mismo. No quiero volver a verte más, ni que sepas tú de mí. No te aguanto, Martín, estoy cansada de apostar por alguien que no merece la pena.
   A la noche siguiente lloro todo lo que tenía que llorar en las escaleras de un pub de mala muerte junto a mi amigo Cristian. Esnifo hasta que la sangre nasal me dice basta. Luego empiezo a pegarle cabezazos a las puertas de los baños. Entra un responsable de seguridad y me echa a patadas del garito. Intento como puedo llegar a casa y me miro ante el espejo.
   No me veo reflejado. Ya no soy un superhéroe.
   Soy consciente de que Elena ha tomado la mejor decisión de su vida.

LLEGA EL VERANO
   Por fin llega la estación más calurosa del año y con ella los torneos provinciales de tenis en la categoría de dobles. Juego con mi compañero Carlos y arrasamos allá por donde vamos. Pese a mi altura, soy el mejor del mundo en la volea. Lo hacemos tan bien que sumamos miles de puntos y coleccionamos decenas de regalos.
   Una noche salimos para celebrarlo y conozco a una chica siete años mayor que yo. Nos damos unos pocos besos y le digo lo maravilloso que es escribir, que todo el mundo debería hacerlo. A ella le importa un comino lo que le cuento y solo me dice de ir a su casa. Yo insisto en que la vida sin la escritura sería un auténtico fracaso. Y que si existe algo mejor que trazar palabras en un papel, eso es leer. Me dice que me calle y que la bese. Pero sus besos no me importan para nada, ¡necesito que el mundo escuche lo que tengo que contar!
   _ Oye, chaval, estás como una puta cabra.
  Y coge y se va con la música a otra parte. Yo, sin embargo, entono la mejor de las melodías y regreso al Rompeolas dispuesto a seguir consumiéndome en el orgasmo efímero de la felicidad. Carlos y yo hablamos de sexo, política y acción antes de emprender el camino hasta la orilla del mar.
   _ ¿Sabes? Durante estos meses he pasado una mala racha. Creí que ni siquiera sería capaz de coger una raqueta.
   _ La vida no son años, sino etapas. Y todo lo malo se acaba, ¿no? Además, hemos jugado como los ángeles.
   _ Sí, y eso que yo dejé escapar a uno.
   ¿Qué narices estará haciendo ahora Elena? Sabiendo que son las siete de la mañana y que la vida es una fiesta, supongo que estará con algún cretino volando una cometa. La echo de menos. Aunque a quien más echo de menos es a mí. Al pequeño Martín escritor de superhéroes.
  _ Carlos, si pudieras escoger un superpoder, ¿cuál elegirías?
  _ El de poder parar el tiempo cuando quisiese. Mira, Martín, yo quiero vivir en este momento para siempre.
  Y mientras Carlos señala el horizonte yo observo el oleaje continuo que me hechiza. Las gaviotas buscan el desayuno en la fina arena de la playa. Sonrío y pienso que soy un auténtico gilipollas.
   Busco mi reflejo en el fondo del mar.
   Han pasado seis meses desde que empezó el año y todavía sigue brillando el sol.




LAS MUJERES MÁS GUAPAS DEL MUNDO


La primera vez que vi llorar a mi madre yo tenía siete años. Fue la noche después del entierro de mi abuela, cuando, una vez en casa, se sentó y observó detenidamente la urna donde se conservaban las cenizas que certificaban su orfandad. Era tal su insistencia en ese objeto tan indecoroso que ni siquiera se percató de que yo me encontraba a su lado, acariciando su mano de madre con las mías de niño e intentando hacer de mi ridícula compasión la mayor de las heroicidades. Aun así ella permanecía inmóvil, ajena a mí y a cualquiera de las circunstancias y solo supe que la locura no se había apoderado de ella cuando me di cuenta de que, incluso con aquel mar de lágrimas bañando la palidez de su aún joven piel, mi madre era sin duda la mujer más guapa del mundo.

Recordé aquella historia en una fría tarde de invierno en el momento en que Paula Vélez, que por entonces ya salía conmigo, me preguntó, refugiada en mi paraguas, cuál había sido el momento más triste de mi vida:

_ Desde bien pequeño, mi padre y yo siempre jugábamos a tenis los domingos. No había manera de ganarle. No podía entender cómo, aun siendo más joven y atlético, salía derrotado ante un hombre que tenía treinta años más que yo. Hasta que por fin, después de tanto tiempo esperando, llegó mi tan ansiada victoria y cuando pensé que no existía mayor placer que aquel, me encontré con un viejo abatido por su propio hijo, cansado y que jadeaba hasta el asma. Entonces, la que iba a ser la mayor de mis felicidades se convirtió de pronto en un calvario. Mi padre se estaba haciendo mayor y la vida, en aquel momento, me pareció un poco más cruda.

Paula se acomodaba en mi hombro y caminaba de lado haciendo valer de apoyo el paraguas que yo sostenía. Pese a sus botas ya mojadas, ella prefería pisar los charcos, gritar a los ciclistas, acercarse a los coches. Todavía nos quedaba camino y yo, lejos de entenderla, preferí sonreír y escucharla atento:

 _ Cada verano vamos quince días a Argentina a visitar a mis abuelos. Ellos ya hace años que no pueden volar y mi madre y yo siempre ahorramos para verlos. Nos cuentan historias, nos invitan a pizza y presumen de nieta en su pandilla. Son unas vacaciones perfectas. Pero después de dos semanas siempre tenemos que volver, y es ahí, justo en esa despedida, cuando todo se desmorona. Ellos lloran, nosotras lloramos y una vez de vuelta, pienso que ha podido ser la última vez que les haya visto vivos. Así que por ahora, Martín, yo vivo el momento más triste de mi vida todos los años.

Aquella noche también llovía. Mi madre se levantó y bajó las persianas con la manivela. Luego fue a la cocina, batió dos huevos, los frió y me dio la cena. Me hizo sentarme junto a ella, a escasos centímetros de los restos de mi abuela y me prometí no levantar la cabeza de mi plato. No caí en que la curiosidad es más fuerte que el temor y, al enfrentarme de pleno a aquel trasto de metal, sentí que algún ser diabólico me estrangulaba la entrada del estómago y decidí que no tenía más hambre.

_ Yo me los comeré – dijo entonces.

Y ahí estaba ella, mi madre, a la que años después haría la vida imposible, acabándose mi cena porque había descubierto que mis ojos también eran de cristal y que, quizás, no era la mejor de las situaciones dar de comer a un niño de siete años delante de aquella urna fea y gris.

_ Ya queda poco – le dije a Paula _ Solo hay que seguir recto un poco más, luego girar a la derecha y ya veremos el embarcadero.

_ Menudo día hemos elegido, Martín. Vaya suerte tenemos.

Y era verdad que la tarde estaba siendo horrible. La lluvia caía de costado y el esfuerzo por controlar el paraguas dificultaba la atención en nuestro diálogo. Pero Paula era así, no necesitaba que el momento fuera perfecto, ella se dejaba llevar por la situación y no se preguntaba el porqué, el cómo, el con quién:

_ Luego está el momento más bonito que he vivido. Aquella tarde de hace veinte años, cuando mis padres entraron en casa de mis tíos y me enseñaron, entre sábanas y bostezos, a mi hermano recién nacido. Yo solo tenía cinco años y ni siquiera recuerdo esto que te estoy contando, pero mi madre se encarga de repetírmelo una y otra vez, si estoy triste, si me ve enfadada, y me recuerda que un día fui así de feliz y que la imagen de mi hermano y yo mirándonos por primera vez, debería curarme las penas para siempre. ¿Y tú, Martín? ¿Cuál es el momento más bonito que has vivido?

La última vez que vi llorar a mi madre yo tenía veinticuatro años. Fue una semana después del divorcio de mis padres cuando, una tarde de sábado en casa, ella se abrió una cerveza, puso la música al máximo y se sentó en una silla frente al mar. Pese a la admiración que procesaba mi madre hacia el tan relajante sonido de las olas, se percató de que yo me había acurrucado a su lado, con otra cerveza en el regazo, acariciando su mano de madre con las mías de adolescente e intentando hacer de ese ridículo acto la reconciliación con el hijo que fui algún día. Ella me miró feliz, radiante como un astro; entonces supe que no podía haber tomado mejor decisión que seguir hacia delante sin el lastre de mi padre, aquel hombre al que yo quería tanto y sin embargo mi madre tan poco, y entendí que detrás de esas lágrimas que bañaban su ya desgastada piel, se escondía el entusiasmo de una vida nueva y que no debía preocuparme en absoluto por si mi madre se había vuelto loca o no, porque aun así, la volví a encontrar la mujer más guapa del mundo.

_ Por fin, Paula. Ya hemos llegado. Esto es lo que llevaba tanto tiempo intentando enseñarte. Siento que hoy esté lloviendo, que el cielo sea tan oscuro y que nos estemos muriendo de frío. Pero te prometo que este es el lugar más bonito que existe y me moría por compartirlo contigo.

_ No te disculpes, Martín. Es un momento perfecto.

Sonaban las seis en los relojes de Valencia en aquella tarde invernal de febrero. Tal vez Paula y yo éramos las únicas personas que se atrevían a caminar entre los charcos y desafiar al viento, pero quisimos, como siempre, ganar la partida a las adversidades. Y contra todo pronóstico allí nos encontrábamos, desde el embarcadero más bonito de la ciudad, siendo testigos del mejor de los atardeceres justo un día en que el sol se encontraba oculto tras las nubes, abrazados en mitad de la nada, con un paraguas como único refugio de una tarde más que se nos escapaba, como el tiempo de las manos, y cómo no, decidí besar a Paula y olvidarme de la lluvia, dejando a un lado el atardecer tan nefasto porque nada brillaba más que sus ojos reflejados en mis gafas, y así es como nos convertimos ella y yo en la puesta de sol de aquel miércoles plagado de tristes y bonitos recuerdos, cuando aprovechamos para conocernos mejor y besarnos con más ganas, contentos y empapados, nostálgicos y felices.

Aquella noche dormí en el piso de Paula y acabé desvelado por el sonido de las gotas al caer. Me acordé, repentinamente, de mi madre y me prometí llamarla al día siguiente para ver cómo se encontraba y le diría, también, que comeríamos juntos el domingo. Pensé en el hermano de Paula y al verla dormida a mi lado imaginé que estaría soñando con volver a verle. O quizás eran sus abuelos quienes invadían sus sueños y me vi viajando junto a ella en el primer vuelo rumbo a Buenos Aires. Paula se movía hacia los lados y buscaba mis brazos en la oscuridad mientras yo le acariciaba el cuello e indagaba en mis adentros la fórmula imposible de detener el tiempo. ¿Cómo le iría a mi padre desde su divorcio? ¿Volveríamos a jugar a tenis algún día? La última vez que lo vi me preguntó si tenía novia. De volver a verle ya no sabría qué contestarle. Paula nunca hablaba de eso. Me miraba y se reía y me besaba y nunca respondía. Y ahí estaba, babeando como una niña, abrazada a mis hombros, hablando en sueños y usando como almohada un osito de peluche.


Estaba loca. Por eso supe que, sin duda, era la segunda mujer más guapa del mundo.