domingo, 5 de febrero de 2012

Historias de diminutos y gigantes (IX)


CALCUTA


Pese a ser atea, tenía nombre de santa. Y soñaba con enseñar a los demás. Transmitía una presunta naturalidad que rozaba la serenidad y el encanto personificado. Poseía una belleza distinta, quizás infinita y única, tal vez sencilla y agradable.

Nunca tuve la oportunidad de hablar largo y tendido con ella. Admiraba su facilidad para tratar cualquier aspecto sin creer en los tabús y dejando apartados los prejuicios. Solía beber ron de aquella copa que yo compartía con ella, escuchar aquella ridícula canción de ese grupo mejicano y bailar en el centro de la pista mientras besaba a los chicos en los labios. 

Me permití el lujo de creer que se parecía mucho a mí. Mostraba la sensibilidad y la lucha por la igualdad humana de un modo aterrador. Eso me recuerda el día que la vi llorar, llovía a mares. Y siempre que la saludaba, ella achinaba los ojos al más puro estilo japonés y deseaba comérmela con palillos allí mismo.

Una vez me dijo que yo era un tipo genial. Odio que la gente diga tonterías, pero a ella se lo perdono todo. Y comencé a soñar que yo era uno de esos chicos a los que besaba, que me gustaba la música mejicana y que compartíamos la misma habitación con el mismo cuarto de baño donde siempre hay esa estúpida crema de manos encima del bidet. Pero nunca le conté mi sueño, puede que ella no fuera capaz de perdonarme.

No nos conocimos lo suficiente. Y seguramente nadie le contó que mi película favorita es La Naranja Mecánica y que escucho a The Cure porque me apasiona la oscuridad del hombre. Probablemente ignore que siempre he querido ser la bestia de La Bella y la Bestia porque no conozco a monstruo más humano que el propio ser humano.

Pese a ser atea, tenía nombre de santa. Aunque no creo que lo fuera. Formaba parte de esa minoría absoluta que se deja llevar por la razón y los sentimientos y goza con cada uno de ellos porque son parte de sí mismos, y ella era una amante de la libertad en toda regla.

Jamás le dije lo que sentía  y en silencio contemplaba cada movimiento que realizaba al estudiar. Desde aquel preciso momento me dediqué a escribirle esa canción que ahora cantan los pajaricos cuando vuelve a amanecer. Eso me recuerda el día que la vi sonreír, radiaba un sol alucinante.

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