viernes, 16 de septiembre de 2011

Reflexiones sobre un día de mierda II


Los viernes en la Plaza del pueblo


Hoy el cielo está tranquilo y mi alma canta una canción. Quiero decir, es lo que tienen los viernes cuando amanece despacio a través de las rendijas de la persiana de mi habitación. En el pueblo todo se ve de otro color y el sonido de las ambulancias preocupa tanto que quedamos todos impregnados de un sufrimiento común. En la gran ciudad no importan las sirenas ni la velocidad, quienes viven condenados a ellas no han comprendido que hoy es viernes y todo el mundo debe ser feliz.

El problema de mi hogar es que ya no se ven a los animales trotando tan alegremente como hace lustros. Y al pobre Gustavo que siempre le habían asustado, ahora que ya está en la pubertad se enternece al recordarlo. 

Si es viernes y pasan de las cinco, meriendo en la Plaza Mayor gozando de su compañía, como cuando él gozaba en concursos de pichas largas y yo siempre perdía. Gracias a la tecnología estoy seguro de que esta vez la cosa hubiera cambiado. 

Si atardece es divertido ir a la estación para ver llegar a Marcos, el mayor de los hermanos de Gustavo. Nos cuenta que se ha echado novia en la gran ciudad, una con las piernas tan largas que hasta un tren podría descarrilar en su afán por encontrar la entrada al túnel de las delicias. Marcos promete traerla algún fin de semana para que la conozcamos, presentársela a sus amigos del pueblo y juguetear con ella en la arena mientras riela a lo lejos la luna sobre el mar.

Cuando es viernes, en el pueblo ya huele a turismo de interior llegado de toda España. Gustavo se quiere dejar barba como su hermano mayor y ya presume de haberse afeitado el mostacho. Me cuenta que las chicas castellanas tambalean sus caderas delante de todo aquel que no parezca un gusano diminuto como nosotros. El pobre parece todo un personaje, y viste pantalón pitillo.

Es viernes y las luces de mi pequeño pueblo iluminan los andares de su gente. El bocadillo de tortilla de mi abuela está tan rico que Gustavo intercambia varios mordiscos del suyo de pollo con tomate por uno solo del mío. Y cenamos tan gustosamente en el banco de en frente de la Plaza, mientras las niñas pasan y Pilar  sonríe con disimulo. Me gusta mucho Pilar y sé que algún día me casaré con ella.

Pero por ahora prefiero cenar junto a Gustavo, que no para de hablar de la novia de su hermano. A mí me da igual, seguro que la novia de Marcos, pese a tener las piernas más largas del universo, no tiene una abuela que le prepare unos bocadillos como lo hace la mía.

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