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lunes, 29 de febrero de 2016

YO NADARÉ CONTIGO EN LOS CHARCOS


Si vienes y me preguntas te contestaré que no. Que no sé lo que es el amor, ni la amistad, ni tengo constancia de qué es el término familia. Si muestro pasividad ante estos temas no me trates como un monstruo, no trates de correr, no te alejes de mí. Vendrás y me darás un beso, de eso estoy seguro, tratarás de comprenderme y me albergarás entre tu pecho. Me pondré triste, solo durante unos segundos, luego cantarás una canción que resonará en mis oídos y me quedaré dormido, como el niño que fui, como el niño que todavía soy.

_ Ahora callad, no hagáis ruido, Mario se ha quedado dormido _ ordena mi madre.

_ ¿Qué le pasa? Cada día está más raro _ dice mi padre.

_ Es un buen chico. Solo está un poco perdido.

_ Es curioso. Todos los chicos de su edad buscan una chica en la que perderse.

_ Él busca una en la que encontrarse.

_ ¿Qué fue de la última? Paola, recuerdo que se llamaba. 

_ Después de tanto tiempo acabó dejándola. Al parecer a ella no le gustaba el mar.

_ ¿Y la dejó por eso?

_ No sabía nadar, y tú ya sabes que Mario siempre se ha considerado como un pez.

_ Mira, mira cómo se le mueven los párpados. Debe de estar soñando.

Y hay una habitación de hotel que lleva mi nombre. El dormitorio está inundado. Trato de mantener el equilibrio en la barca. Pero no sé remar, lo hago fatal, no paro de dar vueltas sobre un mismo eje y empiezo a notarme un poco mareado. Una mujer abre la puerta del cuarto:

_ Hola, Mario, soy Alma y soy la chica de tus sueños.

_ ¡Corre y sube a la barca! ¡Vas a mojarte entera!

_ No importa, Mario. Yo soy la chica de tus sueños. Sé nadar.

_ Entonces ven y ayúdame a remar. ¡No sé hacerlo solo!

_ Deja de remar y salta. Nada hasta aquí. Mójate conmigo. ¿Tú también sabes nadar?

_ ¡Claro que sé nadar! ¡Soy el mejor nadador de todos los tiempos! Pero no sé si debería saltar…

_ Mario, soy la chica de tus sueños y sé que tienes miedo. No miedo al fracaso, sino miedo a la oportunidad. Ven y deja de remar en círculos.

_ ¿Me quieres, verdad?

_ No, Mario, no te quiero. Te conozco y sé que quererte es la peor manera de acercarse a ti. Tú tampoco me quieres a mí. Pero no podemos vivir el uno sin el otro. Vamos, salta, ¡nada conmigo!

_ ¡Voy a saltar! ¡Voy a saltar!

Y eso hago. Salto tan alto que al caer salpico de sangre un cuarto seco, sin agua ni mujer. Me he partido la cabeza en dos, pero eso no es lo que más me duele.

_ ¿Y por qué crees que sueñas siempre con lo mismo?

El psicoanalista me realiza siempre la misma pregunta. Ausente de respuesta, tal vez. Pero cobra por horas y callado no sirvo de mucho. 

_ ¡Es usted el especialista! ¡Debería saberlo! ¡Estoy aquí para que me ayude!

_ Está bien, chico. Túmbate y cierra los ojos. Imagínate que estás en un entierro. La gente luce bonitos vestidos negros y usa pañuelos de seda para secar sus lágrimas. Todo es tan triste. Y para colmo empieza a llover.

_ ¿Y yo dónde estoy si se puede saber?

_ ¿Tú? Mario, tú eres el muerto.

Morirse tampoco está del todo mal. Las chicas lloran desconsoladas y lamentan no haberme conocido mejor. Los chicos juegan al futbolín en el bar de enfrente. Mis padres reciben un auténtico pésame teatral.

_ Siempre fue un incomprendido. Se acercaba a mi pecho y yo le cantaba una canción. Era el único momento en el que no le sentía distante. Era el único momento en el que sentí que era mi hijo.

_ Eras una buena madre. Ambos lo éramos, pero Mario nunca entendió que le queríamos más que nadie.

_ Y vosotros no entendíais que quererle era la peor manera de acercarse a él. 

 Esta chica siempre aparece en los peores momentos.

_ ¿Y quién diablos se supone que eres tú?

_ Yo soy Alma y soy la chica de sus sueños. 

_ ¿Y por qué no lloras? Mario está muerto.

_ No puedo llorar. Solo estoy algo deprimida. No sé en qué parte de mi cuerpo se encuentra el dolor.

Se acerca Paola, la chica que dejé porque no sabía nadar. Se sienta a mi lado y me acaricia el pelo.

_ Dios mío, Mario. Qué pequeño se te ve metido en ese ataúd. Yo todavía me sigo preguntando quién eres. Nunca supe lo que pensabas, pero sé que nunca llegaste a quererme. Ni a mí ni a ninguna de esas que están llorando ahora. Por cierto, no lloran por ti, lo hacen porque se están mojando los vestidos por culpa de la lluvia. Pero, ¿a ti qué más te dará? Siempre te importó todo una mierda. No valorabas nada, ni tu propia vida. Y así has acabado.

Las gotas de lluvia siguen retumbando en los charcos. Todos tapan sus cabezas con periódicos de días anteriores y echan a correr al bar. Las chicas se juntan con los chicos. Y cada vez se juntan más. Y cada vez se juntan más.

_ Mario, nos han dejado solos. Soy yo, Alma. Venga, despierta. Sé que no estás del todo muerto.

_ ¿Cómo lo has sabido?

_ Porque soy Alma y soy la chica de tus sueños. Anda, salta de ese ataúd. No te sienta nada bien estar ahí dentro.

_ ¡Madre mía, cómo llueve! Y hay que ver lo alto que está esto. 

_ Salta, Mario. Yo nadaré contigo en los charcos. ¡Venga, chico! Yo también soy un pez. ¡Yo también soy un pez!

_ ¡Allá voy!

Y como de costumbre, el único charco que encuentro al saltar es el de la sangre de mi cabeza mojando el suelo.

_ Despierta, Mario, despierta. Creo que te has quedado dormido.

El psicoanalista me golpea la cara con la palma de su mano. Abro los ojos. Lo mejor de morirse es que al despertar cualquier rayo de luz te ilumina la vida.

_ Otra vez ese maldito sueño.

_ Está claro que la muerte no te preocupa, chico. Bien, entonces probaremos con otra cosa.

_ Adelante, señor, estoy preparado.

Se oyen pájaros de tormenta que retumban en la sala.

_ Verás, Mario. Te seré franco. Se trata de tu madre. Ha muerto.

_ ¿Será broma, verdad?

_ Lo siento, chico. Te has quedado huérfano.

Si vienes y me preguntas te contestaré que no. Que no sé lo que es el amor, ni la amistad, ni tengo constancia de qué es el término familia. Si te sigue interesando te diré que vendí mi alma al diablo por un par de relatos, que nunca lloré porque soy incapaz de hacerlo, que no sé en qué parte de mi cuerpo escondo el dolor. Me acercaré y te daré un beso, me engancharé a tus brazos y seré yo quien meza tu cabeza sobre mi pecho. Tus ojos serán presos del sueño eterno y la marcha fúnebre será tu canción de despedida. Seré tan insignificante como una mota de polvo y me agarraré fuerte a ti, como el hijo que soy, como el hijo que siempre fui.

_ Es una pena lo de tu madre, chico.

_ ¿Cómo lo haces para aparecer siempre en mis peores momentos?

_ Yo no aparezco. Eres tú el que me llama. Recuerda, soy la chica de tus sueños.

_ Dime, Alma, ¿por qué los peces no podemos llorar?

_ Sí que podemos, pero nadie puede encontrar una lágrima en el mar. 

_ Te mentí, Alma. Nunca he sabido nadar.

_ Lo sé, chico. Lo sé desde el primer día. Pero no te preocupes, tranquilo. Por cierto, me apetece darme un baño, ¿a ti no? Hay un precioso riachuelo aquí al lado.

_ ¿Me prometes que esta vez, al saltar, seguirá existiendo el río y no despertaré?

_ ¡Depende de tus miedos, chico! Trata de creer en tu oportunidad. ¿A qué le temes? Salta Mario, salta. ¡El futuro está escondido entre las olas!

Y eso hago. Salto tan alto que el mundo se me queda pequeño. 

_ ¿Qué voy a hacer ahora sin mi madre, Alma?

_ Aprender a nadar, chico. ¡Venga, ya te queda poco para llegar!

_ ¿Me prometes que esta vez no desaparecerás?

_ ¡Siempre estaré cerca de ti! ¡Te lo prometo!

Y al caer salpico de agua la vida que amargamente me rodea.  Intento nadar como buenamente puedo. No sigo un rumbo fijo y entre el relajante oleaje se oye  una melodía que me resulta familiar. Es mi madre tarareando una canción, aquella con la que de pequeño me quedaba dormido. ¡Es tan gratificante!  Sigo nadando, ya sé hacerlo, ya no hay quien me pare. Ni siquiera me doy cuenta de que Alma ya no me acompaña. Y, mira,  los árboles cada vez son más verdes, la gente no duerme en las calles, la muerte no alcanza a nadie, los parques están llenos de niños, el sol se pone más tarde. 

_ Ya está, chico. Te enfrentaste a tus miedos y los venciste _dice despertándome el psicoanalista.

_ Gracias por todo. Pero todavía queda que me enfrente al mayor de mis miedos.

_ ¿Y cuál es ese gran temor, Mario?

_ Es algo que debo solucionar yo solo.

Salgo corriendo lo más rápido posible hacia la calle. Las aceras mojadas son testigo de mi prisa. La lluvia sigue invadiendo la ciudad, pero no hay tiempo para preocuparse por el agua. 

Llamo al timbre de Paola nada más llegar a su casa.

_ Mario, ¿qué estás haciendo aquí?

_ Lo siento, Paola. Me equivoqué. No importa que no sepas nadar, es más, hasta hace nada yo tampoco sabía. No es  difícil, te lo aseguro. Yo te puedo enseñar. Nadaremos juntos en los charcos, en los ríos, en los lagos. Y si no aprendes, ¿qué más da? Lo único que quiero es que estés a mi lado. 

_  ¿Desaparecieron entonces tus miedos?

_ Desaparecieron entonces mis miedos. Paola, te quiero.

_ Yo nunca he dejado de quererte.

Nos besamos y ya parece que está amainando el temporal.   Pienso que los miedos son como los charcos y que juntos nos enfrentaremos a ellos. Abrazo a Paola tan fuerte que pierdo la noción del tiempo y me siento como un niño. En el ambiente otra vez la melodía que mi madre me tarareaba de pequeño. Cierro los ojos y me dejo acariciar el pelo. Me voy quedando dormido con la voz de Paola que aún resuena en mis oídos: "Nadaremos juntos en los charcos, Mario, nadaremos juntos en los charcos".


lunes, 9 de febrero de 2015

SOBRE LA CHICA QUE ME GUSTA



Me gusta que estés bien,

el verte amanecer 
con tu aliento de tigresa,
la saliva reseca,
la comisura de tus labios,
pareces un acuario.
Me gusta tu melena
te hace estar más buena,
que veas las noticias,
que cantes en la ducha,
que bailes en la disco
canciones de Mecano,
que no te lo depiles,
que votes a la izquierda,
que seas gafapasta,
que parezcas lesbiana 
los fines de semana.

Me gusta que estés bien,
el verte amanecer
con tu vestido de princesa,
el rímel corrido,
perfume de ginebra,
que te muevas en la cama,
me atraigas a tu cuerpo
y te la metas con ganas.
Que me presentes a tu madre,
que diga que soy raro,
que parezco Pablo Iglesias
con todo ese pelazo 
y que si voto a Podemos
no me quiere en tu regazo.
Me gusta tu sonrisa,
también tu piel morena,
que leas a Márquez y Kundera
que con las películas de Spielberg
te entren ganas de comerla.
Que hagas topless en la playa
y estés igual de blanca,
te mires al espejo,
y te veas muy delgada.
Que no creas en Dios,
pero creas en ti misma,
que seas feminista,
te dejes por el culo
a no ser que estés cansada.

Me gusta que estés bien
el verte amanecer
con tu pijama de franela,
fumando un cigarrillo
tu aparato de dientes
del tamaño de maletas.
Me gusta que me quieras
porque yo también te quiero
que vayas de graciosa,
que te sientas divertida
al hablar de mi pequeño.

Me gusta que estés bien,
el verte amanecer,
tus pedetes de dormida,
mientras acaricio tus mejillas,
decirte buenos días 
y que eres la más guapa
hasta con mocos y legañas.

sábado, 25 de febrero de 2012

Personajes referentes de la vida de un ratón (II)


La niña de la clase de primaria:  Versos a la salida del colegio


“De rostro abombado y tez suave, la niña de la clase de primaria camina lentamente mostrando al universo su sonrisa constante y unos ojos que se rasgan de forma involuntaria. Figurante de mirada alegre y nariz arreplegada viste sencilla entre andares que enamoran y  su vocecilla apacible y sosegada  tararea una vieja canción.

De carnosos labios suculentos que todavía no probé camina hacia la escuela en otra tarde calurosa donde el sol radiante ilumina cada una de las esquinas de su piel.  Le cuelga el bolso a la derecha y la melena hacia la izquierda para sentirse compensada, para repartir cada detalle que la rodea con la máxima precisión.

De latentes sentimientos reales e ideas preconcebidas se siente diferenciada del prototipo de enjuta mujer de prosa fácil y ebria filosofía. Caracterizada por los lunares diversos de su cara concluye su jornada escolar a las cuatro y media. Le escribo, mientras, estas líneas a su espera un miércoles cualquiera de un cierto mes invernal. Mi bolígrafo tiñe de color el aspecto vivaracho con el que la niña de la clase de primaria me recibe en cada cita perdida.

De respirar profundo y perseverancia delicada mantiene la compostura de quien se ve superada por la susceptibilidad que acarrea en sus entrañas. La niña de la clase de primaria ya no es tan niña y se entromete despacito en el mundo de los besos y el dolor. Se me escapa de las manos ese aspecto tan minúsculo de que ya comparte cama con, quizás, otros compañeros de recreo. Pero lejos de importarme, no le muestro interés alguno, pues no es a ellos a los que escribo versos en las tardes de colegio.

Es mi impotencia de chiquillo la que me lleva a la nostalgia más romántica posible. Mi pena  adolescente la que me convierte en cautivo de cada uno de sus movimientos. Mi vida soñadora la que me lleva a volar sobre el aliento de estos versos”

 .                    .                        .

Encontré los manuscritos desordenados del artista años después de su muerte. En ninguno de ellos figuraba el nombre de la niña protagonista, aunque dejó entrever las tres sílabas posibles escondidas entre tres palabras abismales: ternura, estabilidad y afecto.

Me preguntaron los lectores si la niña de la clase de primaria llegó a leer alguna vez las líneas que les acabo de recitar. Me preguntaron por el final, si era feliz o desdichado. Pero es posible que el encanto resida en no saber nada más, en creer que el resto de la historia no fue escrita porque tanto amor no cabía en un trozo de papel.  Es sin duda esa, amigos, la magia del escritor.

martes, 10 de enero de 2012

Testimonios de un amor sin conclusión (VII)


Tu piel. Tu nombre. Tu calor


Es nuestra historia y nadie nos la podrá quitar. Hemos vivido todos esos momentos con una intensidad inaudita, creyendo que los superhéroes existían porque nos teníamos el uno al otro. Cualquier mañana sobreviviendo a lo vivido la noche anterior, emitiendo sonidos sordos dentro de nuestra conciencia, vibrando ante las caricias, gozando en cada instante en que mi lengua se introducía en tu piel. 

Tu piel, la vida de un cordero y la inocencia de un bebé. Tres hechos tópicos de una vida sonriente. Y ahora ya nos ves, no somos dueños de nuestro destino y nadie se acuerda de la amistad cuando se han roto tantos platos. Ahora la culpa me corrompe y créeme si te digo que en las noches, la soledad susurra las iniciales de tu nombre. 

 Tu nombre, la alegría de un enfermo y el primer amor. Tres hechos tópicos de una vida esperanzadora. Y el hecho de que pienses que en mi cabeza todo es temporal, que no exista el infinito y seas pura mercancía de una embriagadora madrugada más. Pero somos carne de cañón, y la distancia reseca mis labios, no por el frío, sino por no sentir calor. 

Tu calor, fuegos artificiales y la “tristelicidad” ardiente. Tres hechos tópicos de una vida junto a ti. Olisquear tu piel pronunciando tu nombre mientras me muero de calor. El único aroma del que me quiero embriagar cada madrugada, y ser yo quien susurre tus iniciales preso de la pasión. Porque mi locura, vieja amiga, empieza en el momento en que dejo de pensar con esa maldita cabeza que tengo, para pensar en tu piel, tu nombre, tu calor.

martes, 27 de diciembre de 2011

Historias de diminutos y gigantes (VIII)


El payaso triste y las flores blancas 


En aquella conferencia sobre la posibilidad de la clonación humana había sentadas cuarenta y cinco personas. Entre ellas, en la novena fila, se encontraba la protagonista de mi historia. Con aspecto cansado y sonrisa bobalicona, la actriz principal apoyaba la cabeza sobres su brazo derecho en un claro gesto de desesperación.

Yo, con total naturalidad y disfrazado de payaso triste de trompeta desafinada, irrumpí en aquella conferencia repartiendo flores blancas a todo aquel que me cruzaba. Vi a la protagonista  alzar la vista y clavar sus ojos en los míos mientras despejaba su flequillo de la frente. La vi bonita, tal vez a la vista de cualquiera insignificante, pero era puro arte.

Le entregué la flor que más brillaba del ramo. Blanca, como la espuma del mar de unas lejanas islas asiáticas. Se sonrojó y cuidadosamente apretó sus labios contra mi mejilla y pasó sus brazos por mi espalda. La hice sonreír, pero yo me puse triste, porque no de abrazos viven los payasos.

Casualmente se acercó aquella tarde por la Plaza del 44 donde un grupo de muchachos formaban círculo a mi alrededor esperando recibir mis flores blancas. Al fijarme en su presencia quise alimentarme de sus labios, pero de manera muy modesta se apartó. “Eres un simple payaso. Quizás seas diferente, pero solo eres un payaso más”. Y el maquillaje de mi piel se derritió  ante sus palabras. Y el rímel de mis ojos se fundió en el lagrimeo. 

Pero los payasos tristes somos así, no bajamos la guardia y mantenemos la firmeza. Quise convocar a Miliki, a Joker, a Krusty, a Ronald McDonald.  Quise entablar conversación con todo aquel  que de la risa había intentado hacer amor. Pero quizás, a la protagonista de mi historia le pasaba como a todo el mundo. Porque los payasos nunca causan indiferencia, o se les quiere, o se les odia.

Me encontré abatido en aquella Plaza del 44 y, resignado, lancé mi ramo de flores infinitas contra la pared, deseando con todas mis fuerzas que se marchitaran. Maldije la risa y el amor, los abrazos y la simpatía, su mente y su perfume. Fue entonces cuando una de las niñas que me observaban asombradas, me regaló una de esas flores que yo, estúpidamente, por un momento, había odiado. “Inténtalo de nuevo Payaso Triste, intenta enhumorar a tu protagonista”

Creí entonces que si los gatos tienen siete vidas, a mí me quedaban seis payasadas más para conseguir su humor. Porque aunque los gatos se coman a los ratones, a vidas no les gana nadie. Comenzó, de esa manera, la clonación humana de payasos tristes de trompeta desafinada.

A la mañana siguiente, la protagonista de mi historia volvió a acercarse al paradero donde los niños vestían ya los trapos de payaso triste. “¡Vamos chicos!”, les grité, y moviéndonos al son de cómicos apenados fuimos repartiendo flores blancas a todo aquel que nos sonreía pensando: “No eres un payaso más, eres el Payaso Triste”.

Nunca conseguí su amor, pero a pesar de mis lágrimas, quedé enhumorado de su sonrisa de por vida.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Testimonios de un amor sin conclusión IV


EL AMOR LO PUEDE TODO


El día que se fue me dolió tanto que hoy, todavía, sigo necesitando curas diarias en el corazón. Pero en los caminos yacen rocas que pesan tanto que hasta el fin de mi vida cargaré con ellas en la espalda, con el sufrimiento que supone ver a los héroes perder una batalla. Aunque quien lucha ya se convierte en ganador, porque el amor lo puede todo.

El día del que no se puede hablar provocó grietas irreversibles a lo largo del sendero. Los pies, a partir de ese momento, tiemblan al desplazarse hacia delante, inquietos, buscando cobijo al que aferrarse, como quien abraza a un cuerpo inerte y siente su calor, un calor que ya no existe, pero el amor lo puede todo.

El día en el que el sol no quiso brillar, el frío se apoderó de los organismos y la congelación se transformó en la amputación del alma, la esencia y la felicidad. Todo obstáculo complica avanzar, pero a ciegas me movía entre la gente, como quien no encuentra lo que ya no existe pero es capaz de imaginarlo porque el amor lo puede todo.

El día en que los payasos lloraron a ritmo de balada, experimenté por primera vez lo que eran las gotas de lluvia naciendo de mis retinas. Cascadas de agua inundando la travesía, como quien se ahoga en su propio miedo y no sabe nadar. Así me sentía yo, con el peso de una roca reposando sobre mi lomo. Por eso temí naufragar, pero su recuerdo actuó de salvavidas. Porque el amor lo puede todo.

Aquel día fui consciente de que las sonrisas más impactantes son las de las personas que ya no pueden sonreír. Inténtalo, sonríe. Te aseguro que el amor lo puede todo.

martes, 13 de diciembre de 2011

Reflexiones sobre un día de mierda IV


Martes 13: No te lo toques que no crece


Me gustan tanto las coincidencias que hay veces incluso que soy yo quien las hace coincidir. Pero os juro que pese a ser martes y 13, no he tenido nada que ver.

Estos días en los que la muchedumbre se alborota, sale a relucir tu síndrome de "dar por culo” (siempre metafórico a no ser que lo consideremos un oficio) y te da por llevar siempre la contraria: “Pues yo, en cambio, hoy estoy teniendo un día genial”. Mientes, pero aunque todavía sean las nueve de la mañana, sabes que no hay que ir de quejica empedernido por la vida.

Y paseas tranquilamente por las aceras mientras a tu alrededor la gente tropieza entre ella, cae por alcantarillas o sale despedida al ser embestida por aves rapaces que llegan tarde a la oficina. En una de esas se te pasa por la cabeza el peligro mortal que sufre uno al masturbarse un martes y 13.

No es tiempo para canibalismos suicidas ni momento para lamentos bolivianos. En estos días inciertos en que vivir es un arte, eres presa de un nerviosismo paranoico. Por tanto, amigo, trata de comprender a tu organismo si no corresponde con su hábitat natural. Aunque a mí, sinceramente, la angustia por la incertidumbre no me gusta. Eso sí, cuando la mala suerte llama a tu puerta, es el momento de arriesgar. Yo lo hice y  he salido ganando pese a estar ahora en el hospital.

Los médicos no saben decirme qué me pasa, pero sufro un ataque de anarquía en el corazón por amar a tumba abierta. He comprendido que el amor, no por mucho tocarlo, aumenta en crecimiento.

jueves, 8 de diciembre de 2011

ÚLTIMA TERAPIA


Pajarico Somewhere y las bellotas de la Ardilla


Tras el cielo azul nace una estrella fugaz eclipsada a su paso por un animalito que a lo lejos no parece el minúsculo pajarico que es. Volando hacia ningún lugar, Pajarico Somewhere hace honor a su nombre y entre bostezos ve el amanecer desde la rama más alta del árbol que aguarda su pequeño nido.

Tiene miedo de la caza de aves, de la mirada furtiva de los cazadores y de la lluvia cuando empaña sus pupilas. Se le oye piar como un alegre ruiseñor por las mañanas. Tiene frío y sin apenas inmutarse me despierta para que sea yo quien la bese antes de la despedida.

En aquel árbol tan inmenso se encuentra la guarida de una ardilla diminuta que en su afán por recolectar bellotas, ya son veinte las que esconde encerradas bajo llave en el rinconcito más profundo de su corazón. 
Pajarico Somewhere ondea su melena al viento en un nuevo intento por sobrevolar los alrededores de su hogar. Es tan frágil que es difícil imaginar lo bien que mantiene la compostura. No concede regalos ni acepta piropos mal pagados. 

En escena aparece la ardilla diminuta, que reclutando aparte sus veinte bellotas, le promete al pajarico que todas las demás que estén por venir, las compartirá tan gratamente con ella, para así mudarse a lo más alto del árbol donde poder contemplar el contraste entre el verde de los prados y el dorado de su pelo. 

Pajarico Somewhere vuelve al nido al mismo tiempo que la noche se difumina tras sus cabellos bañados en oro. Camina despacio y sonríe con cuidado. Pajarico Somewhere no se enamora, pero vuelve a morder sus uñas por el nerviosismo que le produce esa alegre mariposa que revolotea por su tripa.

“Pío, pío”, le dice el hermoso pajarico. “Yo te pío más”, contesta la ardillita. Y se funden en un cálido beso mientras el sol se posa tras las montañas. El día llega a su fin y Pajarico Somewhere emprende de nuevo su vuelo hacia ningún lugar. Las ardillitas sí que se enamoran. Más allá del concepto amor. Más allá de cualquier otra cosa. Es la hora de ponerse la chaqueta y contar. En el cielo brilla un pajarico y ya son veinte las bellotas para esta delgada ardilla.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Efemérides efemérides


Loco 

Me han entrado ganas de escribirte unos versos,
y con un vistazo al pasado me agarro a este papel,
intentando recordar cada detalle,
pensando en las razones que hacen especial esta sensación única.

Hay tanta gente, y tantas enfermedades,
que todo este episodio se tiñe de un negro color,
como un inerte corazón al que le toca descansar.

Dicen que el tiempo se acaba encargando de aliviar el dolor,
pero a mí no me cicatrizan las heridas
y el viento insiste en soplar en contra.

La historia juega a nuestro favor.
Me quedan fotos y el recuerdo de una puesta de sol.
Algún parque, la salida del colegio y la hora del almuerzo.
El mar ya no es azul y en el bosque arrasa el fuego.

Quiero volver a perderme entre tus brazos,
pero noto que me caigo y me hago daño porque no existe tu piel.
¿Dónde están tus manos? Ya nunca más las sentiré.

A lo lejos se oyen voces gritando y nadie está hablando.
¿Qué está pasando aquí?  No lo logro comprender.
Me hundo en la sinrazón. Nadie me ha dado explicaciones.
Y si he perdido la cordura, me queda la inmensidad como consuelo.

El mundo duerme cuando me despierto yo,
porque yo ya no quiero dormir.
Mi vida es para ti, ya no quiero dormir, no,
a no ser que sea para toda la eternidad.

Ya no hay nadie en el sofá.
La habitación se ha quedado a oscuras
Ya nadie se queja de madrugada
Y no me gusta este silencio radical.

Tampoco quiero  más paisajes,
prefiero inventar lo que me queda por vivir.
Al menos sé que me oyes pero mi voz no te alcanza.

Sin duda, colega, merece la pena estar loco.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Historias de diminutos y gigantes VII


El paraíso inteligente de Minerva

Yo al paraíso fui, pero nunca he ido a mí



Aquello ni era amor ni hostias. Y si hay algo que me pone muy nervioso es que me llamen “cariño” sin existir cariño alguno. El único consuelo al que me agarraba era al de su culo. Con las dos manos me agarraba, concretamente.

Éramos como la noche y el día, como el azúcar y la sal, como el pene y la vagina. Bueno no, porque no penetrábamos ni con la mirada. Y es que ella, de una belleza a la vista de todos no pasaba, y a mí nadie me toca el pelo, a menos que sea rizado.

Por lo cual decidimos comprimir todo nuestro amor en una noche desenfrenada y al día siguiente no volvernos a ver nunca más. Era la forma más romántica y eficaz que se nos ocurría de acabar con nuestro idilio amoroso.

De ella me gustaba mucho su nombre. Minerva, Diosa de la sabiduría, las artes y la artesanía. Con lo cual aquella noche me esperaba la mejor manualidad de mi vida hecha con mucho arte, para más inri. Lo que no me cuadraba mucho era eso de “Diosa de la sabiduría”, pero supuse que tanta competencia a cargo de una Diosa tenía que tener sus flecos.

 Aquella noche nunca la podré olvidar. Recuerdo a los peces nadando por el manantial, cuyo líquido fluía con pasión. Recuerdo a los peces saltando y cayendo repetidas veces dentro de aquel charco. Recuerdo las ondas que se producían en el agua y cómo el manantial se transformaba radicalmente en cascada. Se formaron olas insólitas, un maremoto de fluidos desesperados. Recuerdo que los peces sudaban en el agua gracias al calor de nuestros cuerpos. Y hubo lágrimas. Lágrimas de fogosidad y clímax que fueron expulsadas como la lluvia en aquel mismo instante en que se produjo mi culminación, y al rato la de ella.

Acabamos desayunando el uno del otro, engullendo todo lo que se nos ponía por delante. Aquello era lo más parecido al paraíso, aquello era vida infinita, aquello era el deseo. En cambio, dimos nuestro último revolcón de despedida y nunca más volví a saber de ella.

Fue una tarde cualquiera de insensata borrachera cuando comprendí que desde aquel día me había convertido en una bestia. Era consciente de que una extraña maldición se estaba apoderando de mí.
Se oye una canción y empiezo a suspirar. Minerva sí merecía su legado de Diosa de la sabiduría. Se había apoderado de mi alma y mi cordura. Es cierto, la inteligencia siempre impone su recato. 

“Debes aprender, no vale juzgar” dice esa canción. No hay mayor verdad. Perdí libertad, gigantez y curiosidad. Y la Diosa desapareció. Pero para seguir con las canciones me atribuiré, sin consentimiento alguno, otra. Y es que por mucho que haya ido al paraíso, seamos realistas, yo nunca he ido a mí.

sábado, 26 de noviembre de 2011

EL ESPEJO AJENO 7

 LA LUZ CLARA



Y como ella me lo hizo, fui capaz de hacerlo. De la misma manera, en el mismo lugar, sin llegar a saber por qué. La noche se estrelló en mis ojos, y refugiándome en la penumbra de la tenue oscuridad, acometí una vida, como ella la mía. Y tras los varios deslices tatuados en mi brazo acuchillé la ausencia de silencio y quebré la piel de la humanidad acabando con aquel ser tan inocente como lo es un niño.

Alegué que no fui yo, que hacía tiempo que no lo era. Pero la inocencia se perdió, como el vigor personificado, convirtiendo la culpa en la esencia de mi mundo inerte. Parecía incierto que la realidad no fuera más que un ápice inexistente. Las agujas afiladas pasaron a formar tópico diario, orden del día que nunca cayó en el olvido.

Escribí memorias para enfrentarme al pasado: polvo blanco destrozando mis hendiduras. El mismo que apuñaló mi subsistencia y me condenó a quebrajar la utilidad individual de un ser. Descubrí que me quisieron, que siempre me habían querido, pero atenuar mi sufrimiento fue precepto inalcanzable. Descubrí que yo les quise, y les seguía queriendo, que ellos lloraban por mí, y yo lo hacía por ellos.

Pero el nombre de Clara, aludiendo al cese de la tormenta, a un nuevo amanecer laboral, a una sonrisa que destila optimismo, al encuentro con la paternidad, a la cumbre de la felicidad. Ahí estaba ella, bostezando, achinando sus ojos ante un destello de luz, destello que quedó registrado para siempre en su mirada.

Y como yo le había dado la vida, Clara fue capaz de dármela a mí.

sábado, 19 de noviembre de 2011

TESTIMONIOS DE UN AMOR SIN CONCLUSIÓN (III)


Cuando te quería


Cuando te quería los días pasaban más deprisa
 y los lunes eran una bendición.
 Cuando te quería te acostabas en mi cama cada noche
 y apagabas el despertador al alba.

Cuando te quería la lluvia en mi paraguas
 era sol en tus cortinas.
 Cuando te quería te esperaba en tu portal de madrugada,
 y si no aparecías, el mundo que nos une, se bloqueaba.

Cuando te quería te regalaba cajas de amor vacías
 para que las llenaras si te sentías perdida.
 Cuando te quería tartamudeaba
 porque soñaba que nos fundíamos entre el edredón.

Cuando te quería tu pijama parecía un vestido de noche,
 Tu ortodoncia nocturna diamantes en tus labios,
 La luz de tu mesita el sol, y tu rostro la luna.

Cuando te quería me enredaba entre tu pelo, que olía a cielo
 y nuestros besos al perderme en tu saliva, que es de hielo.
 Cuando te quería envidiaba el espejo que te desnuda
 y observa tu fragancia con excitación y fe

Cuando te quería tu voz era de cristal y la sentía por mis venas
 como sienten los católicos a Dios penetrando por su piel.
 Cuando te quería mis labios se apoyaban en tu vientre
 Y tu risa eclipsaba el romper de las olas en el mar

Cuando te quería era capaz de desgarrar mi alma y entregártela,
 Porque le pertenecías, porque mi alma y la tuya deberían de ser una.
 Cuando te quería amé tu nombre que empieza por “Ce”
 como los cerezos que crecen en la primavera,
mi deseo, también, era hacerte florecer.

Cuando te quería  solo sabía quererte a ti
 Cuando te quería no había amor para nadie más.
 Me había apoderado yo de todo ese sentimiento,
 y quererte era como abarcar el universo.

Cuando te quería te soñaba cada noche y vivía en ese sueño
 Cuando te quería juré que nunca dejaría de quererte
 Cuando te quería te quise con los sentidos y toda mi fuerza.
 Te quise con los ojos y las manos, te quise con las palabras y los hechos
 Cuando te quería eras tú y luego mi vida.

Cuando te quería, amiga mía, qué bonito fue quererte.