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lunes, 16 de julio de 2012

Microrrelatos para Micropersonas (XI)

Cucurucho de vainilla


Los dos callamos y aceptábamos de antemano la situación. Tú pensabas en ella al escribir y me ofrecías siempre un cucurucho de vainilla para que evitara preguntar. Bebías escocés con agua y a mí me caía el helado encima.

-¡Haz el favor de tener cuidado, Carlos! -y no volvías a dirigirme la palabra hasta la cena.

Existía un pacto no escrito entre nosotros. Ambos habíamos firmado un contrato inexistente de máximo respeto al más allá. Pero para nada nos importaban los silencios. Quedábamos tú y yo, y al menos, en ese momento,  nos parecía suficiente. Nos bastaba con mirarnos y continuar con aquella nueva rutina: tú intentabas escribir, yo intentaba tener cuidado.

Engañaría si dijera que no lloraba por dentro. Tú también engañarías. No oía tu pluma deslizarse sobre el lienzo. Sé que sentías la torpeza de la muerte ajena, el miedo de la tinta azul relatando la pesadumbre de seguir viviendo.

Me lo explicaste una tarde que, como de costumbre, tus folios continuaban intactos:

-A veces no puedo dormir. Así que pienso sobre cómo era. Incluso la enfermedad la mantuvo bonita, Carlos. A tu madre nunca nadie fue capaz de borrarle la sonrisa.

Luego te abracé y el cucurucho de vainilla se deshizo sobre la moqueta. Pero, para entonces, ese era el menor de los problemas.

lunes, 5 de marzo de 2012

MIcrorrelatos para Micropersonas (X)


El sofá en el que hicimos el amor dormidos




 Somos dos cuerpos reclutados cada uno en un sofá. Dos incondicionales presos del sueño que se apodera de nosotros. Dos gladiadores entrometidos con inocencia en una ventisca de sentimientos, conocedores de que este será nuestro último aliento, conocedores de una verdad que me atormenta, de una angustia que me ofusca y un misterio que me enamora. Sigo escribiendo nuestra historia pese a que otro es el que te dibuja. Aunque si te soy sincero, ahora mismo me sobran las palabras y no le hago caso a la realidad que existe más allá de este sofá. Me excita mucho este silencio, pero hoy no haremos el amor, será el amor el que nos haga a nosotros. Te estás quedando dormida y, por desgracia, mañana será otro día.

jueves, 23 de febrero de 2012

Microrrelatos para Micropersonas (IX)


 El silencio


Ninguno de los dos era sincero, pero lo ocultamos y ambos aceptábamos, de antemano, la situación. Aunque la mayoría de las veces callábamos. Nos bastaba con mirarnos y querernos con misterio. Para nada nos importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellos momentos sin palabras, aquellas miradas sin ideas, sin esperar grandes cosas de la vida;  las que eran sencillamente la felicidad. Yo buscaba en mi cabeza temas de conversación que pudieran interesarle, pero me sucedía lo mismo que ante un papel en blanco: no se me ocurría nada. A mayor empeño, era mayor mi ofuscación. Se lo expliqué una mañana que, como de costumbre, paseábamos cogidos de la mano. "¿Qué vamos a decirnos? Me siento feliz así", respondió ella.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Microrrelatos para Micropersonas (VIII)


El cigarrillo


Está llorando. No lo logro comprender. Está llorando y nadie es capaz de consolarla. Esos hombres que la rodean son puros espectadores de sus lágrimas. Y ella sigue llorando. Se miran todos desconcertados y se encogen de hombros. Está llorando y grita desesperada. Nadie se atreve a preguntarle nada. Ella llora y tirita de frío. Parece que sus berrinches van para largo.  Me ofrecen un cigarrillo, pero nadie tiene  encendedor. Alguien le pregunta a la chica si nos presta su mechero. Ella deja de llorar y contesta:

- Sí, claro. Aquí tienen. Pueden quedárselo. 

Aspiramos el humo del cigarrillo con total serenidad. Y ahí, en el suelo y arrodillada, ella ha comenzado a llorar de nuevo.

lunes, 30 de enero de 2012

Microrrelatos para Micropersonas (VII)


Marilyn


Marilyn caminaba a paso lento dejando la playa aparcada a su derecha. Tambaleaba las caderas de un lado a otro con tanta presuntuosidad que era la envidia de todo aquel transeúnte que se cruzaba. No tenía rumbo fijo y las primeras gotas de lluvia comenzaban a  posarse sobre sus cabellos de oro. 

Mientras seguía vagabundeando por las calles, la adinerada Marilyn sustrajo un frasco de perfume de su bolso y ambientó su cuello con Channel. Sus tacones producían estridencia, presa del pánico y la desesperación; y mantenía un ritmo audaz y constante que provocaba que las perlas de sus lóbulos ladearan como el viento ondea las banderas.

Decidió sin más descansar en aquel banco con vista a los pesqueros y esperar allí a que el tiempo siguiera trascurriendo con total normalidad. Marilyn dobló sus piernas como una señorita y haciendo uso de un minúsculo espejo, se pintó los labios color turquesa. Miró la hora en su nuevo Viceroy y, apoyando las manos en sus muslos, comenzó a tambalearse de atrás hacia delante.

La tarde ya empezaba a desvanecerse y la noche enfrió el dulce cuerpo de una Marilyn que continuaba sentada todavía en aquel banco junto a los pesqueros. Y así trascurrieron noventa y nueve largos años en los que de tanto esperar, cayó al fin rendida como un azucarillo, resultando la muerte la gran victoriosa de su eterna espera. 

Dicen que la enterraron debajo de aquel mismo banco donde Marilyn se dedicaba a ver la vida pasar. La enterraron junto a las joyas y el perfume, junto a los tacones y el reloj. Un reloj que seguía marcando las horas de una espera sin fin. 

Y allí, a escasos metros de donde Marilyn dormía profundamente, los pesqueros ondeaban sus banderas mientras un enorme sol irradiaba el agua cristalina.

sábado, 7 de enero de 2012

Microrrelatos para micropersonas (VI)


EL HIELO ARDIENTE DEL BESO CONGELADO


La conocí mucho antes de que ella lo supiera. Siempre pedía whisky con hielo. La quise el día en que me conoció. Nunca pensaba en el futuro. Me enamoré cuando empezamos a besarnos. 

Nos imaginé entonces en su cama fabricando las mañanas. Sonaba esa canción en la que aquel tipo no se atrevía a decir “te quiero” por miedo a que algo cambiara. Ella simplemente quiso rellenar su vaso. A mí me daba igual esa maldita canción.

  - Te quiero.
 - ¿Qué? – se asustó.
Rectifiqué.
 - Que te he pedido hielo.
 - ¿Más hielo por qué?
 - Porque quiero congelar este momento todo lo posible.

Me miró con extrañeza, pero siguió masticando mi lengua en su garganta. No dejamos de besarnos. No dejamos de besarnos, hasta que el hielo, muy a mi pesar, se derritió.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Microrrelatos para micropersonas V


No queda whisky


Los días son fríos. Nadie habla tu idioma. Te pierdes continuamente. Sonríes a lo lejos. Duermes en los portales. Cantas en la ducha. Lloras a escondidas. Las nubes se levantan. Llueve.

Te fijas en la luna. Caminas por las aceras. Tus zapatos son de esparto. Bailas en la playa. El espejo te desnuda. Te aprieta el corazón. Sientes tus caricias. Disfrutas del momento. Te dejas llevar. Grita.

Tu aliento es fresco. No queda whisky. Te cepillas el pelo. No te importa nada. Compones estos versos. De nuevo ante el espejo. Te suda el pecho. Sientes la soledad. No te quiero. No encuentras razones. Llamas siempre la atención. Te debo aconsejar. Huye.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Micreorrelatos Para Micropersonas IV


Beso en la Avenida York



     Corrió esquivando el tráfico de personas que se amontonaban a su paso. Se deslizó entre lentos transeúntes, carritos de bebés inmóviles e innumerables animales de compañía. La acababa de ver pasar hacía tan solo unos segundos pero la había perdido entre la multitud. Actuó con rapidez y cuando consiguió cruzar la Avenida York, pese al semáforo en rojo, dio con aquella chica. Era ella, sin duda.

     -  ¡Espera! No te muevas, que tienes un besito en la mejilla. 

     Instantes después, el semáforo de la Avenida York se puso en verde.


jueves, 30 de junio de 2011

Microrrelatos Para Micropersonas 3

Celeste




Desde su casa le señalé dónde vivía yo.” ¿Lo ves pequeña? Estamos tan cerca que hasta da miedo susurrar”. Pero ella me miró como se mira el cuerpo que alumbra el cielo.

Es normal, nos hemos hecho tanto daño que nos cuesta respirar. Incluso si nos hemos querido ya no recuerdo ni en qué lugar. Y en eso que le acaricio el brazo suavemente pero ya no se le eriza el vello. Es curioso, ahora que ya no me muerdo las uñas ella no siente nada.

Tan paradójico como que la vida es breve es el silencio que ensordece los oídos. Y allí solo se escuchaba el ruido de nuestros corazones combatiendo por salir de sus respectivos pechos y ensalzarse en una disputa a vida o muerte. Pero por si le sirve de consuelo, yo a esas alturas ya estaba muerto.

Cuando nos despedimos no se echó a llorar, mantuvo la postura de quien no tiene nada que perder. Lógico, pensé. Había transcurrido tanto tiempo que la gravedad ya ni nos atraía, nosotros que siempre la habíamos necesitado de una forma extrema, como los niños al chocolate. 

Sonaron las nueve cuando bajaba aquellas escaleras. Ya no quedaba casi sol y nadie escuchaba mis susurros. Me volví a morder las uñas. Entonces comprendí que ya nada importaba, que mi futuro ya había pasado.  

domingo, 5 de junio de 2011

Microrrelatos Para Micropersonas 2

Burlarse de David
  
  "No les hagas caso, puedes acabar convirtiéndote en uno de ellos"


  A David nunca le importó ser el hazmerreír de todo el colegio. En su clase ya era conocido como el gafotas o el ballenato, pero él mostraba la misma pasividad por cada uno de los insultos recibidos.

Durante el instituto, también pasó a ser el hombre oso y el pitufo. En cambio, a muchos les irritaba tanto que David no se sintiera ofendido, que continuaban sus burlas hasta conseguir destruir la sonrisa de su rostro.

Entonces un chico le llamó negrata, y todos los demás la tomaron con él por haberse metido con la raza de David. 
  
      - ¿De qué vas llamándolo así? ¿Acaso te crees superior para faltarle el respeto por su color de piel? 

David se sintió confuso. Le sorprendió que los mismos personajes que lo insultaban por cualquier motivo, estuvieran defendiéndolo en ese momento.

       Ver para creer, al fin y al cabo eran todos los mismos gilipollas que por unas razones u otras subían su autoestima a costa de David, el cual, sonriente como ninguno, concluyó: 

           -  Tranquilo, puedes llamarme  negrata, no les hagas caso.

Desde ese día, nunca más volvieron a burlarse de David.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Microrrelatos Para Micropersonas


La viuda y su marido

No había consuelo para aquella viuda que lloraba desconsolada. Estaban en el funeral ella y las cuatro amantes que había tenido su marido. Las cinco formaban un mar de lágrimas que ninguno de los allí presentes quiso perturbar. Los había que, de tanta confusión, optaban por reír a limpia carcajada. 

El más valiente fue a la viuda y le preguntó: "¿Cómo es que lloráis todas si su marido compartía en secreto tantas amantes?" La viuda, indignada por la pregunta y señalando a un hombre que se encontraba a escasos metros, respondió: " ¡Ninguna de nosotras pensó nunca que mi marido pudiera ser homosexual!