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martes, 3 de enero de 2012

Testimonio de un amor sin conclusión (VI)


La calle que lleva su nombre


Hace tiempo que no sé de ti. Tanto que he conseguido hallar la respuesta al problema que se nos había planteado. Las calles, a lo lejos, han propuesto soluciones inesperadas, nada que ver con mi desesperación, con mis ganas monstruosas de chillarte, con la fobia a tus palabras malsonantes. Las calles nos quieren renovar, a mí alejarme de este maldito lugar y a ti enamorarte de cada alma que se regocije en tu sentido más profundo cada madrugada.

 Ese es el destino, cegarnos con la luz que fuimos el uno para el otro, romper cada recíproco formado entre los dos, ser Góngora la razón y Quevedo la verdad. Recordar tu oscuridad en cada uno de mis pasos, perderme en esa calle que contra viento y marea acaba por destruir las arrugas de mi piel, una piel que muere por acariciarte los misterios, misterios de donde saltan chispas y avivan tus pupilas. Nos quejamos de eróticos calambres desorbitados, como la luna cuando es nueva, cuando nadie la ve, que se mira, se toca, empieza a quererse sin querer ver el mundo a sus pies.

Y con los pies en tierra caminamos en sentidos que nunca más se cruzarán, como el fauno en un laberinto, como un laberinto en mis relatos, como mis relatos que del tiempo forman calles melancolía. Y  contigo, secreto divino, voy sin rumbo hasta el final de esta travesía como el loco obsesionado en convertirte en poesía. Se me escapa de las manos,  ayúdame si eres amiga, que si del tiempo escribo calles, de tus años mis libros son ciudades.

miércoles, 25 de mayo de 2011

EL ESPEJO AJENO 4

El daiquirí de madrugada 

 "Es más importante levantarse con alguien que acostarse" 



 Las madrugadas de hielo le recuerdan a aquellos amaneceres fríos que solo servían para romper algún que otro sueño erótico que estuviera teniendo. Él por las noches se aburría y tendía a divertirse solo. Al fin y al cabo es lo mismo reírse de todo que llorar por nada.

Él no nació de madrugada, pero tal vez ella sí. Ella, una chica que ambienta la noche de frescura brisada de sabor a su entrepierna. Y luego le da por escribir. Él en cambio prefiere dormir, llenar su vida sin sentido en un colchón que huele a muerte, y estremecerse sin pena ni gloria contra una almohada que compite por ser lo más duro de esa insensata oscuridad.

Madrugar nunca se le dio bien. Recurría al viejo truco de usar anti-ojeras para disimular la deslumbrada noche que había dejado atrás. Bajaba los escalones de su patio interior y buscaba fumarse un cigarrillo, y que la luna se centrara en su cara de pena, aquélla que cada sábado noche disfrutaba como un idiota de precoces sacudidas, sin tener en cuenta que ella estaría en su hogar, peinando un pelo tan brillante como las lágrimas que se resbalaban por su rostro en ese instante.

Y es que únicamente piensa en una cosa (pues como todas las personas) en algo que le quite el sueño y a la vez solo sueñe con ello. Los pensamientos son una forma de modelar una realidad virtual. Lo virtual se puede soñar. Y los sueños hacerse realidad.

Las madrugadas siempre son oscuras, pero es cuando más claro se ve todo. De madrugada ocurre lo inesperado, lo que nunca pudo ser real y al final fue. Aquello que soñó que se haría realidad. Por eso los sueños dejan de serlo de madrugada: se inventa la realidad, se inventa su propia historia. Pero al final un sueño es un sueño porque solo sirve para soñar.

Él consiguió su sueño y dejó de soñar con ello. Vuelve a estremecerse y a fumar. Vuelve a aburrirse y a buscar alivios en la oscuridad. Ella nunca pensó que soñaría con algo que antes no le quitaba el sueño. Vuelve a nacer de madrugada y a escribir. Vuelve a peinarse y a llorar.

Y de nuevo comienza el ciclo de la tristelicidad. Él se  tumba bajo la penumbra de la luz de la luna y bebe un daiquirí afrutado de pensamientos interminables, que acabarán pasando sin sentido por un maremoto neuronal que no sueña con aquello que quiere por miedo a que se haga realidad.