Mostrando entradas con la etiqueta leila. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta leila. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de febrero de 2012

Personajes referentes de la vida de un ratón (I)


Leila (La chica de los recuerdos)

"Quiero brindar por la amistad" Estopa

Nos habíamos hecho mayores, ese era el mayor problema de todos. Ya no teníamos quince años recién cumplidos y dejamos de abrazarnos mutuamente para ser nosotros mismos los que rodeáramos con los brazos nuestro propio cuerpo. Sí, es cierto, la ley de la supervivencia se había apoderado del cariño y de la amistad.

Pero, ¿qué quieres que te diga? Aquel día tenía que llegar. Ese día en el que Leila me contara sus problemas y yo no supiera ponerles solución. Ya no le preocupaban los amores de verano ni su comienzo sexual, ahora le atormentaba el aniquilamiento psicológico y el sufrimiento familiar al que era sometida.

¡Qué aberración! ¿Y dónde estaba yo cuando aquel hermano al que tanto quería Leila se marchó cruzando el charco desesperado? Perdimos aquella complementación que siempre nos había caracterizado y su mirada se convirtió entonces en un desierto que creí imposible descifrar. Recuerdo quiénes fuimos y lo que nunca jamás nos unirá de nuevo. Recuerdo sus lágrimas embriagadoras que derrochaba íntimamente y a las que siempre ponía fin con una hipócrita sonrisa.

Si te soy sincero tuvimos el final que tanto deseábamos. Quedamos en uno de los centros comerciales inmensos que hay a las afueras de la ciudad, jugamos al tenis con la ilusión óptica y hablamos de los pactos infinitos que manteníamos con los astros. Le conté sobre la chica con la que salía por aquel entonces (una revolucionaria adicta al chocolate) mientras Leila miraba atenta el escaparate de una agencia con vuelos a Argentina.

Lo demás fue intrascendente. Y está claro que volví a coincidir con ella, pero ya no se llamaba Leila. Le habían arrebatado la identidad y pasó a apodarse “La chica de los recuerdos”. Ocurrió cuando se cansó de las amenazas, de las pesadillas nocturnas y cuando ya le era imposible esconder su nostalgia de Argentina.

Respecto a mí, me casé con una agradable profesora de japonés y publiqué dos libros a la memoria de una Leila que quedó ciega de por vida por un intento fallido de suicidio. Sé que su hermano regresó  del nuevo continente y se dedicó a leerle mis libros cada noche. La chica de los recuerdos lloró con cada uno de ellos, pero ya no reprimía sus lágrimas, ahora las complementaba abiertamente con una auténtica sonrisa
.
Un 30 de septiembre recibí una llamada en la que Leila me proponía tomar café en algún centro comercial. Allí la volví a ver. Estaba pálida y delgada y era arrastrada por un perro lazarillo y ayudada por un blanco bastón. Recuerdo que se deshizo de sus gafas de sol para ser ella misma y me habló entonces de sus amores de verano. Comenzamos a reír tontamente con cada anécdota, porque era cierto que nos habíamos hecho mayores, pero quizás, en aquel preciso momento, ese era el menor de los problemas. 

domingo, 3 de julio de 2011

AMISTADES PELIGROSAS

Leila (Estrella estrellita)



Yo nunca había necesitado una amistad como la de Leila, y hoy día creo que sigo sin necesitarla. “Quedas excluida como persona grata de poder compartirme en tus secretos”.  Aunque la verdad es que la quería toda para mí, porque si compartir es vivir yo prefiero suicidarme.

Cuando me envió un mensaje telepático me desperté sobresaltado. Está en peligro, no le dejan ser libre, pensé. Le contesté inmediatamente de nuevo a través de esa unión que compartíamos los dos: “Toma mis manos, cierra los puños muy fuerte y grita a la de tres”.

Meses después sentí yo la adicción de estar respirando el único consuelo que me quedaba. “Me amputan parte del corazón”, le dije mientras lloraba graciosamente. Estábamos en un parque a las afueras y una mamá llevaba a su hijo en un carrito. El niño también lloraba, y mucho más fuerte que yo. Fue en ese preciso instante cuando me morí por un carrito.

Comprendí entonces que éramos iguales pero con distinto envoltorio. Dos personajes extraídos de su película favorita. Éramos una complementación impecable, la partida perfecta de un “tetris” hecho realidad. 

Pero no todo fueron buenos tiempos amigablemente hablando. A Leila la secuestraron los fantasmas y yo encontré otros colchones en los que pegar cabezazos a altas horas de la madrugada. ¿Qué iba a creer yo en la amistad? En todo caso debería creer en los fantasmas.  ¿Me escuchas Leila? ¿Estás ahí? Joder, ¿con quién jugaré ahora a ganarle la partida a la filofobia?

Eran cosas de la edad, pero si volviera le diría que hice nuevos amigos y que me enamoré de todos ellos. Aunque me han cortado las alas y no me dejan llegar a las estrellas.  Es decir, resulta que nadie cree en lo que tengo dentro. Y quien lo cree no le importa demasiado. Estrella, estrellita ¿sabes qué pasa?  Que las cosas que más me gustan siempre me hacen llorar.  

Lo último que supe de Leila es que volvió al viejo banco de los consuelos tontos. Se había escapado de su casa con lo puesto y poco más. Ojos de hielo, alrededor de lo que alcanza su vista sabe que no existe nada más. Seguía sin poder ser libre y se comunicó conmigo. “Toma mis manos, tómalas”.

Yo lo único que necesitaba era una amistad como la de Leila, y hoy día creo que sigo necesitándola. “Nunca más vuelves a quedar excluida de compartirme en tus secretos”. Sigo con el corazón amputado: Estrella, estrellita, ¿volverás?  No me canso de repetirlo: Toma mis manos, tómalas.