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martes, 22 de noviembre de 2011

RUTINAS ASCENDENTES 2.0


 El perroflauta


- ¿Qué haces así vestido como si fueras un perroflauta?

- ¿Cómo? Voy vestido como siempre, ¿o es que no lo ves?

- Por favor, mírate. Esas pintas… Que pareces un saco de patatas con ese pantalón…

- Estos pantalones son nuevos y me quedan geniales. Si te das cuenta van a juego con mi boina. 

- Así no me gustas nada. Seguro que no te has duchado en días.

- ¡Qué va! Me duché anoche. Luego he pasado la mañana en la plaza y aquí estoy.

- ¿En la plaza? Eso está lleno de malolientes y repleto de cucarachas. ¿No te has dado cuenta? Toda esa gente va con sus “raftas” ensuciando la ciudad.

- Yo no llevo esas “raftas” como tú dices y me gusta estar en la plaza. Y como yo muchísima gente más, con rastas o sin ellas.

- Lo tuyo es una moda pasajera, ya verás. Es mero capricho de jóvenes como tú. Os creéis que todo en esta vida es un regalo y en vez de trabajar con el sudor de vuestra frente, os sentáis en una plaza como si fuerais asnos hambrientos. 

- Cuando me he pasado esta mañana por allí quedaba poca gente…

- Claro, se cansan de no hacer nada.

- No, muchos de ellos habían madrugado para ir al trabajo y hasta la una de la tarde no han aparecido.

- Sois unos antisistema, eso es lo que sois.

- Somos lo que somos. No vamos contra nadie en particular, pero energúmenos hay en todas partes.

- Sigo sin entenderte, la solución no es esa. A los problemas se les planta cara a base de esfuerzo. Y ahora haz el favor de quitarte esos pantalones.

- Claro que sí. Enseguida.

- ¡Noooo! Te prefiero con pantalones que en calzoncillos, por Dios.

- ¿Ves como hay cosas peores que estos simples pantalones?

miércoles, 17 de agosto de 2011

RUTINAS ASCENDENTES 2.0


La nueva bienvenida

" Voy a comértelo todo"
Olía a vida aquel perfume con el que me sedujo


- Disculpe, ¿se puede saber quién es usted? Y dígame por favor dónde puedo encontrar al hombre que antes se sentaba ahí.

- Discúlpeme usted a mí, pero este es mi hogar. ¿Y de qué hombre me está hablando?

- Ahí había un hombre que se sentaba y yo le hablaba de mí y de la vida. Solo hace un mes que he desaparecido, ¿qué ha hecho usted con él?

- ¿Qué dice? Aquí nunca ha habido ningún hombre. Solo estoy yo, Elena Nieto Escribano. ¿Cuál es su nombre?

- ¿Mi nombre? Nunca me lo había planteado. La cuestión es que necesito hablar con el hombre, es imposible que no sepa quién es, esa era su silla.

- Veré si le puedo ayudar. Dígame al menos como se llamaba el señor del que me habla.

- No… no lo sé, no lo recuerdo.

- ¿No sabe cómo se llamaba? Entonces descríbamelo mejor. ¿De qué color esa su pelo, su nariz, sus ojos…?

- ¿Qué? ¿Qué clase de preguntas son esas? No lo sé, ya se lo he dicho, no consigo recordarlo… ¡Espere! Sí, sí, ya lo tengo. Sus ojos eran negros. Pondría la mano en el fuego a que eran negros.

- Eso no es un dato significativo. Mucha gente tiene los ojos negros, hasta usted sin ir más lejos. Así es imposible que le pueda ayudar. Por cierto, ¿qué está haciendo? ¿Por qué me huele?

- Perdone, pero huele muy bien. Juraría que a alguien conocí que también olía así.

- Y no me diga, ¿no puede recordar quién no?

- No, tampoco lo recuerdo.

- Mire, hagamos una cosa. ¡Pero primero aparte su nariz de mi cuello de una maldita vez!

- Disculpe, disculpe, ya está. No sé lo que me ha pasado.

- Está bien. Como decía, voy a ayudarle a encontrar a ese señor, o a encontrarse a usted mismo. Porque aquí estamos todos muy perdidos, por lo que veo.

- Gracias señorita Nieto. Ha sido usted muy amable.

- Llámeme Elena, y por favor, dejemos de hablarnos de “usted”. Debemos tener la misma edad.

- Tú tendrías la misma edad aunque la experiencia intentara decirte lo contrario.

- Mejor que te vayas ya.

- Hasta pronto Elena.